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Las placas de Becerril de la Sierra

02/06/2026

Con poco más de 6.700 habitantes la localidad madrileña de Becerril de la Sierra está en el “candelabro”, que diría la choni-glam de turno. El motivo es bastante baladí sobre todo si lo comparamos con la que está cayendo en la Piel de Toro, pero ¡ya se sabe! con los primeros calores la prensa necesita bencina para entretener al personal, que todo no van a ser las joyas de José Luis, ni las bragas del perímetro sanchista, ni siquiera los isquiotibiales de Lamie Yamal.

¿De qué va la cosa? Pues de que los vecinos de Becerril de la Sierra que viven en la calle “José Antonio” y otros que no (incluida parte de la corporación municipal) se niegan a arrancar las dichosas placas, lo que provocó días atrás la denuncia del Partido Comunista de España (sí señores, sí, pellízquense, por increíble que parezca, aún existe) y la apertura de diligencias por parte de la Fiscalía cuyo objetivo no es otro que sofocar tamaña, ponzoñosa e intolerable rebelión.

Como botón de muestra argumental basta uno de los razonamientos que esgrime la espectral formación política que, desde mi humilde opinión, es incluso más chusco que falaz: “Esta nomenclatura no es un hecho anecdótico ni un nombre neutro. Es la permanencia de una figura que simboliza la negación de la democracia y la persecución de la clase trabajadora”.

Cosas de la entropía: el otrora poderosísimo puño de hierro del estalinismo en España, señores de horca y cuchillo —léase checas— durante la guerra civil de 1936-1939, la vanguardia del proletariado con sifón y unas gotitas de “nouvelle vague” de la transición, acabó encamada junto a una constelación de naderías bajo la pomposa etiqueta de Izquierda Unida (Izquierda Hundida la llaman algunos cachondos), cuyo triste peregrinar en este valle de lágrimas les ha llevado a acabar de peones de brega, primero del zapaterismo, y hogaño del sanchismo. Y es que con el pecado, hermanos y hermanas, va la penitencia.

¿Para que sirve el PCE? Para decirnos que España es un jarrón de la dinastía Ming hecho añicos que sólo necesita “loctite” si es para convertirse en New Al-Andalus, que las niñas tienen pene y los niños vagina, que el cambio climático acabará achicharrando a todo bicho viviente y, sobre todo, para apuntalar la democracia que dicen tenemos… y, claro está, para que nos olvidemos del tal José Antonio.

¿Qué cómo acabará la cosa? Muy sencillo. Quitando las las placas a ser posible a las tres de la madrugada. ¿Tiene esto importancia? Para los vecinos, tal vez; para el resto de bípedos, seguramente no. De hecho, hace unas cuantas décadas que las direcciones de correo mutaron, incluidos los muros de las iglesias que custodian los taciturnos chicos de la Conferencia Episcopal, quienes tampoco dudaron en echar mano de maza y cincel… disciplinadamente. Ni políticos, ni curitas, ni abueletes alcanforados, ni fiscales, sin embargo, han sido capaces de borrar de la memoria colectiva a aquel singularísimo compatriota, memoria que ha saltado ya al imaginario público, ha echado raíces e incluso una bibliografía sobre el personaje de marras no deja de gotear con más y más títulos en las librerías.

Tan sólo me gustaría, para acabar, apuntar una sincera invitación a la catacumba carrillista-pasionarista: la de la lectura del libro “Diario secreto de José Antonio: Un documento inédito que cambia la historia”, de José Antonio Martín Otín, de la editorial Espasa, que salió a la venta en marzo pasado y, en segundo lugar, animar esas magras huestespor si un día deciden hacer política “en serio”a dejarse de exorcismos y se apunten al Frente Obrero de Roberto Vaquero, que es lo único que nos queda, como Dios manda, de marxismo-leninismo.

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