Mientras usted y yo estábamos con la torrija de si su majestad Lamine Yamal arrancaba (o no) y el oscuro (aunque obvísimo) amancebamiento entre el seleccionado de la AFA y la FIFA de Infantino, estos días atrás en el llamado Parlamento europeo y, mediante una votación de urgencia, nos han colado, a usted y a mi, un enjuague (o nueva versión) del «Chat Control 1.0», disfrazada como elemento de protección de nuestros niños y adolescentes; esto es, para que nuestros niños y adolescentes no se aventuren ni chapoteen en cosas de tipo sexual «on line».
Paradoja de paradojas. En unas sociedades, como las de Occidentalandia, donde la pátina hipersexual está tan a flor de piel que hasta hace daño a la vista y donde nuestros hijos y nietos son adoctrinados en los colegios e institutos por agentes activos de la cosa LGTBI, con la luz verde del poder (ya sea éste de derecha, de izquierda o clerical), ahora resulta que el poder se pone digno y escrupuloso con la vía internáutica.
El llamado «Chat Control 1.0» (o «Chat Control 2.0» como ahora se pretende llamar al ojo que todo lo ve) es una forma de hipocresía y, al mismo tiempo, una forma de averiguar, entre otras cosas, el número de calzoncillo que usted y yo gastatamos. Bajo la excusa de lo que «mirandean» Borjita y Jennifercita en internet, los «padres de la patria europea» lo único que pretenden es saber dónde metemos usted y yo las narices en la red de redes. Ni más ni menos. Y todo lo demás es literatura barata y alfeñique (léase democrática).
Parece que no todo anda con pasos unánimes, que hay opositores y que la controversia va para largo. En cualquier caso, lo que sí parece meridianamente claro es que el terreno está ya abonadísimo para que servicios de correo electrónico, de mensajería instantánea y redes sociales en general le monitoricen a usted y a mi por la jeta, sin el preceptivo mandato «ad hoc» de un juez.
Hay quien dice que esto es convertir en normal lo que de tapadillo ya vienen haciendo servicios de correo electrónico, de mensajería instantánea y redes sociales en general, pero con la diferencia de que ahora podemos usted y yo acabar siendo detenidos por la policía o la benemérita porque a usted o a mí se nos escape en un «e-mail» o en «whatsapp» un un «¡Viva la madre que parió Vladimir Vladimirovich Putin!» o «¡Cáspita, como molan los pepinos nucleares de Kim Jong-un!». Y esto es realmente lo que verdaderamente le preocupa a los amos del cortijo.
A los personajes que están detrás de «Chat Control 1.0» (o «Chat Control 2.0») les preocupa un carajo Borjita y Jennifercita, y si Borjita aspira a amputarse el pene o Jennifercita no tiene otra ilusión en la vida que convertirse en una suerte de Topuria. Al poder le inquieta una higa si nuestros hijos y nietos quieren ser tortugas, caniches o alienígenas de Ummo. Los valores de nuestras sociedades, aquí y ahora, son los meramente bursátiles. A quienes están detrás de ese Régimen orwelliano que es la Unión Europea/OTAN lo que realmente les pone cachondos es el poder, el poder y únicamente el poder. Dejémonos de circunloquios y cualquier tipo de poses: el poder y que ese poder sea (neo)capitalista, (neo)neoliberal, woke, anticristiano, transhumanista, «climaclimático» y abiertamente enemigo de cualquier tradición (no sólo europea) que pudiera hacer frente a la ciénaga «meltingpotista» a la cual parece vamos irremisiblemente empujados.
Que nadie, pues, se engañe. La cosa tiene una raíz más profunda: va, en definitiva, de no tener nada y ser felices, como dijo en su día el ya jubilado Klaus Schwab. Pero, eso sí, bien vigiladitos y calladitos, sin ni siquiera el derecho a murmurar por lo bajinis. La cosa va, en definitiva, de que Occidentalandia está construyendo a pasos agigantados «i per tot arreu» una hipersupermegacárcel sin barrotes, una hipersupermegacárcel de la que Borjita, Jennifercita, usted y yo somos (o seremos en breve) prisioneros.
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