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La muerte sin hijos de Carlos II “el Hechizado” provocó un problema sucesorio que culminó en la Guerra de Sucesión Española (1700-1715) y los tratados de Utrecht y Rastadt, cuyo resultado fue el cambio de dinastía, imponiéndose en el trono la Casa de Borbón, de origen francés, lo que determinó que se mantuvieran “pactos de familia” con el país vecino y, tradicionalmente, enemigo, durante casi todo el siglo XVIII. Además significó la pérdida de los territorios de Flandes e Italia en beneficio de Austria y onerosas concesiones en el comercio americano en beneficio de Inglaterra, que también retuvo Gibraltar y Menorca. El pretendiente borbónico Felipe V era quien más derechos dinásticos tenía puesto que descendía de la hija primogénita de un rey de España.

Felipe V no fue un mal rey, pero su reinado vino lastrado por las concesiones que tuvo que hacer para llegar al trono por la guerra de Sucesión, que supusieron la pérdida de la parte europea del Imperio y que enconaron los odios entre los derrotados, mayoritarios en algunas regiones, que siguen exhibiendo algunos nacionalistas-separatistas con evidente anacronismo y falseamiento histórico. Como represalia por el apoyo a su rival, fueron abolidos los fueros de algunas regiones, con los decretos de Nueva Planta, aunque en la mayoría de los casos, incluido el catalán, se devolvieron poco después. Siguiendo el modelo francés, más centralista que el español, se adoptaron reformas unificadoras, de las que la Unión de Armas del Conde Duque suponía un claro precedente, que aumentaron la cohesión interna, pero generaron alguna resistencia en los poderes locales, al plantearse como un “castigo” a los vencidos austracistas, en lugar de una medida reorganizativa por el bien del Reino.

El argumentario del separatismo catalán, suponiendo en esta guerra el principio de un conflicto inacabado entre federalistas identificados con los austracistas, y centralistas borbónicos o “botiflers” (por la flor de lis), como insultan todavía a los no nacionalistas en Cataluña, no se sostiene. El relato falsificado del separatismo llega a presentar la Guerra de Sucesión, no como el enfrentamiento dinástico que fue, sino como una invasión de Castilla sobre Cataluña a la que privó de sus “libertades nacionales”. Tal expresión aparece en la inscripción de la estatua de Casanova en Barcelona, ante la que se realiza la ofrenda de flores de la “diada”, convertida en orgía de separatismo año tras año, de un modo evidentemente antihistórico. En realidad, el héroe de la “diada”, Casanova, llamó a luchar por “la libertad de toda España”, de modo que todas las interpretaciones sobre su figura como un protonacionalista no son más que una burda falsificación. Los austracistas, vaya, se sentían tan españoles como los partidarios de Felipe V.

El debate entre centralismo y federalismo que se desarrolla a partir de ahí no es el principio del actual separatismo catalán, que surgió en el siglo XIX como un lobby en defensa de los intereses de la burguesía catalana, sino una excusa que este busca para justificarse. Indudablemente, la suerte de “federalismo” austracista no resultaba operativo con el paso del tiempo, como demuestra que ya el Conde Duque de Olivares intentase una unificación con la Unión de Armas, pero el centralismo borbónico, impuesto tras una victoria militar, como castigo a las regiones refractarias a su causa, dejó un reguero de rencores, cuya estela llega hasta nosotros, hasta el punto de utilizarse, previa falsificación grosera, en el argumentario separatista actual. Como es lógico, lo sensato es que el sistema territorial se base en la racionalidad administrativa y en la historia, con respeto a las identidades regionales y al desarrollo del proyecto común que significa España, no a una cadena de premios y castigos, de enfrentamientos y rencores anacrónicos, que no conducen a nada positivo.

Aprendamos todos historia para que su falsificación por parte de unos pocos interesados no pueda utilizarse como arma política en el presente ni pueda condicionar nuestro futuro.