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Cuando las hogueras levantadas por la caza de brujas antirracista, convertida pronto en caza de brujas anti Trump y, lo que es peor, anti Civilización Occidental y, paradójicamente, antiespañola, con el derribo de estatuas de Fray Junipero Serra, Cervantes o Isabel la Católica (cuando los españoles no tenemos arte ni parte del racismo real o inventado de los Estados Unidos ni de los presuntos abusos policiales que puedan cometerse allí) se iban apagando, un nuevo episodio turbio en la interacción entre la policía  y un sospechoso de raza negra ha vuelto a encenderlas, levantando la veda de los disturbios y saqueos con la bendición (cuando no la directa inducción y complicidad) de los medios mayoritarios y la clase política americana y europea, el “deep state” del “establishment” como dicen allí o “la casta” como decimos aquí. La novedad en esta orgía de demagogia e histeria colectiva ha sido la participación de la NBA como portavoz de los saqueadores, con amenaza de huelga incluida.

Resulta fácil comprender que unos millonarios negros, completamente alejados de las preocupaciones reales de la gente normal de cualquier raza, pretendan obviar sus privilegios y sentirse luchadores por una causa justa, en lugar de títeres de un sistema corrupto. Ver a uno de estos jugadores de baloncesto expresar su preocupación por que un policía blanco racista pueda tirotearle en su mansión de lujo solo por el color de su piel, como si tal eventualidad fuera posible e, incluso, probable, es uno de los espectáculos de mayor vergüenza ajena que se pueden observar. Lo que subyace es, desde luego, una campaña para desalojar a un “outsider” como Trump del poder, pero lo que es probablemente peor, porque los políticos van y vienen, es el daño a la civilización que ha alcanzado mayores tasas de desarrollo humano, científico artístico y moral, y la defensa irracional de un modelo, como el multiculturalista, cuyo fracaso no puede ocultarse por más tiempo.

El Imperio estadounidense al servicio de las élites globalistas se basa en la ideología de la democracia y los derechos humanos, lo que entra en contradicción con su racismo constitutivo. La respuesta a esa contradicción es el multiculturalismo y el antirracismo como expresión en clave para referirse a un racismo antiblanco sobreactuado, en aparente compensación a los crímenes de la etapa colonial de las naciones protestantes y del pasado oscuro de los propios Estados Unidos de Norteamérica, como nación fundada sobre el dolor de los esclavos negros y donde la segregación se mantuvo hasta épocas recientes. El resultado inevitable son excesos como los del “black lives matter” y su iconoclastia destructora de estatuas y el complejo de culpa y el auto-odio del hombre occidental.

Del racismo científico anglosajón y la posesión de esclavos de los padres fundadores de los Estados Unidos pasamos al modelo de sociedad multicultural, como plasmación de la “sociedad abierta” teorizada por Popper y promocionada por Soros, que solo puede entenderse como un absoluto fracaso. La convivencia social exige que exista un modelo cultural asumido por todos, que sea funcional y operativo, partiendo de la premisa de que dicho modelo no puede ser, sin más, la ausencia de modelo, y la competencia de proyectos de sociedad contrapuestos en el marco del estado mínimo liberal, pues eso conduce al caos.

Históricamente, el modelo del Imperio español llama poderosamente la atención en contraste con el desastre multicultural hijo del racismo más cruel, tornado en paternalismo bobalicón a través del mito del buen salvaje, la otra cara de la moneda del racismo científico de la ilustración, hasta llegar al complejo de culpa occidental actual. En el Imperio español hubo prohibición expresa de esclavizar a los indígenas, pactos con ellos y la constitución de una sociedad que los respetó. Esa versión de la Civilización europea-occidental-cristiana sí merece salvarse, no tiene por qué estar acomplejada ni dejarse morir entre estatuas derribadas. No fue la que inventó la esclavitud, institución extendida en todas las culturas, sino la que la abolió.

El globalismo utiliza a la NBA como el separatismo catalán al Barça. No teniendo bastante con su control de las instituciones educativas, la industria cultural y los medios de comunicación se lanzan también a por el deporte. A la larga nada les servirá. El multiculturalismo como el separatismo catalán caerán por su propio peso. La cuestión es cuánto daño conseguirán causar mientras tanto.