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Los recientes sucesos americanos han sido el detonante para que las Big Tech se decidan a intervenir las redes sociales con más descaro que nunca. Más allá de sus propias convicciones, la censura se realiza según quien paga pues suponemos que la alianza con lo progre pasa también por la reducción fiscal o la renegociación del estatus legal del que gozan los prestadores de contenidos en línea. 

Además de esta censura privado-institucional, los usuarios también aplican su censura con reportes organizados y masivos. Es lo que ha sucedido recientemente con el sacerdote conocido en redes como @patergongora, colaborador de Estado de Alarma y La Sacristía de la Vendeé quien sufrió la suspensión injustificada de twitter cuando, alrededor de una cuenta izquierdista, sufrió un ataque coordinado. El último ejemplo de locura ha sido esta misma semana cuando se ha utilizado políticamente la trágica explosión en instalaciones del Camino Neocatecumenal en la Calle de Toledo de Madrid en la que falleció entre otros un sacerdote. 

Quiero decir con esto que el problema de las redes existe más allá de las redes, y que por un lado es el poder desmedido de la dirección de estas plataformas y por otro, aun más doloroso, es que vivimos en una sociedad enferma que respira odio a la vez que tacha de odio todo lo que no se conforme con sus dogmas.