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A diferencia de la mayoría de compatriotas, a los que la polémica sobre el cartel blasfemo retirado de Toledo ha pillado sin saber quién demonios es Zahara, yo sí conocía a esta cantante de la escena indi, que había adquirido cierta popularidad en círculos limitados por sus apariciones televisivas. Zahara tiene, sin duda, una sensibilidad musical y poética notable, que le lleva a convertir en arte experiencias traumáticas que sirven de tema a sus canciones, como el abuso, el maltrato, la anorexia o la promiscuidad. Según explica en el videoclip de su canción “Merichane”, este era el nombre de la puta del pueblo y fue su apodo en el colegio cuando tenía tan solo 12 años y no era lo suficientemente precoz como para que pudiera estar justificado. Sin duda, este acoso infantil debió afectarle y causarle dolor. Claro, que de esto no tiene culpa la Virgen María, madre de Dios para los creyentes y figura central de la cultura hispanocatólica que ha sido la que ha construido lo mejor de nuestra civilización, lo más bello y sagrado, ni tiene relación directa con el tema que nos ocupa. Solo lo menciono para ponernos en situación.

Vaya por delante que el título de este artículo es una mera enumeración de los elementos de la polémica y que no pretende insinuar ningún calificativo hacia Zahara, la que, por lo demás, tiene mis simpatías, que no impiden que su cartel blasfemo me parezca repugnante y que esté totalmente a favor de su retirada. Por si algún despistado no sabe de lo que le hablo, recordaremos la retirada, a petición de Vox, del cartel que retrata a la susodicha cantante de Virgen con un niño en brazos y una banda en la que se puede leer la palabra PUTA, que es, además, el título de su último disco, de las calles de Toledo. La escritora Lucía Echevarría ha defendido a Zahara alegando que, en realidad, no iba caracterizada de Virgen sino de diosa madre pagana, lo que, dado que la propia Zahara no ha confirmado, parece una excusa falsaria. Su cartel tenía una evidente intención blasfema y no se esfuerza en ocultarlo.

Tras esta notica subyacen dos problemas, el del alcance de la libertad de expresión y el de la educación de nuestra juventud en el entorno de una lucha cultural absolutamente descarnada de la que no siempre somos conscientes.

Por supuesto, todos los progres han salido en tromba a defender el cartelito de marras alegando libertad de expresión. Lo curioso es que son los mismos progres que hace tan solo unos días se lanzaron como perros furiosos a censurar un anuncio de chocolatinas inocuamente gracioso por “plumofobo” (hay que admitir que tienen un talento especial para inventarse palabras) y los mismos que, sin ánimo de exhaustividad, han pretendido censurar desde una canción de Mecano por contener la palabra prohibida “mariconez” hasta los conguitos pasando por un premio a Johnny Deep o una actuación de Placido Domingo, por acusaciones que están muy lejos de ser probadas, en desprecio absoluto de la presunción de inocencia, cuando se refiere a varones. También son los mismos que defendieron a un rapero que nos amenazaba de muerte con piolets en sus canciones y daba vivas a ETA y celebraba el asesinato de Guardias Civiles en sus actuaciones. Vistos estos ejemplos, uno no puede evitar la impresión de que el criterio de los progres para decidir qué se debe o no censurar no es muy ecuánime.

Tampoco veremos a Zahara ni a ninguno de los progres que la jalea insultando al islam o a cualquier religión que no sea la católica. Como ha señalado Luis del Pino, nuestros progres son como los matones de patio de colegio que le dan collejas al más débil de la clase sabiendo que no se va a defender. En nuestro mundo decadente posmoderno existe bula para insultar a la religión católica. Es más, hacerlo tiene lustre intelectual. Como recordaba Elvira Roca, cualquier asno puede comprar su carnet de respetabilidad intelectual atacando a la Iglesia católica.

En otra de sus canciones Zahara se refiere despectivamente a los “cayetanos”, se burla del uso de la bandera de España y se puede leer en los subtítulos del videoclip que los comunistas dan abrazos y que el fascismo es la mayor causa de muerte por enfermedad del mundo. En un video de una de sus actuaciones se la puede oír desgañitándose contra las “bestias del pin parental” mezclando ese tema con “los que le llamaron maricón antes de matarlo” o con los que la llamaban puta con 12 años o con los que “nos matan a todas”. Parece que la chica tiene una empanada mental importante. Y, ojo, yo no le echo a ella la culpa. Al final, Zahara, que como he comenzado diciendo, tiene una sensibilidad musical y poética profunda y es capaz de convertir sus lágrimas en belleza, también es una víctima de la guerra cultural que la derecha dio por perdida hace 45 años y entregó en exclusiva a unos psicópatas que han convertido a nuestros jóvenes en caricaturas victimistas, obsesionadas con discriminaciones imaginarias, que les impiden ver cómo les roban su futuro en sus narices.

Reprocharle a Zahara que sea una pijoprogre feministoide blasfema, cuando solo repite como un papagayo lo que lleva años escuchando de sus profesores en el colegio y de sus héroes en los medios y en la industria cultural es como reprocharle a Rosalía el tuit de “Fuck Vox” (argumento complejo donde los haya) o reprocharles a Guardiola y a Piqué su separatismo, cuando solo repiten las consignas de TV3. Si metemos basura en la mente de nuestros jóvenes no podemos sorprendernos de que la expulsen luego por sus bocas. Por eso es tan importante dar la batalla cultural, porque al que tenemos enfrente no es al enemigo, sino a un amigo futuro que todavía no se ha dado cuenta de que el verdadero enemigo está engañándole y robándole su identidad, su bienestar y su futuro.