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La retórica modernista nos ha hecho creer que una revolución necesariamente ha de ser moderna (post s. XVIII) y dentro de los parámetros de las ideologías. De igual manera, la lógica progresista cree que la revolución es un mero cambio de fase o estadio histórico. Cuando se alcanza, se ha instaurado un orden nuevo y necesariamente el revolucionario se convierte en un conservador.

Sin embargo, desde una perspectiva no lineal ni progresista de la historia, podríamos entender la revolución como un anhelo o un deber de realización que, en base a valores eternos, debe guiar los objetivos de todas las generaciones humanas. Ello, ciertamente, daría un aire diferente a la idea de revolución pendiente ya que fijando la revolución en un plano trascendental, no podría instaurarse un sentimiento derrotista, ni tampoco un fundamentalismo atado a las circunstancias en que nace el proyecto de la revolución.

En ese sentido, podríamos hablar de una Tradición revolucionaria que recorre los siglos estimulando los proyectos generacionales. Creo que así lo entendió Ramiro Ledesma Ramos cuando habló en su “Discurso a las juventudes de España”, de la obra revolucionaria e imperial de Carlos V; una obra que no se agotó en su dinastía, sino que hasta los días de la II República quedaba pendiente de total perfección. Por ello no bastaba ser meros reaccionarios, sino que la actitud había de ser revolucionaria, como constante a través de los siglos porque no nacía de una necesidad concreta sino de unos valores atemporales.

De acuerdo con lo anterior, puede reconocerse en la Iglesia Católica la más pendiente y constante de las revoluciones que se prolongará hasta la Parusía. Si bien no siempre se es consciente del carácter revolucionario del Evangelio, el testimonio de los santos y mártires demuestran tal condición. Considerar pues la misión salvífica de la Iglesia de Cristo como un agente conservador que lucha por sobrevivir, es no comprender las palabras del Divino Maestro, y esto vale tanto para propios como extraños.

Llama la atención que algunas de las perspectivas “católicas” más progresistas sean sin embargo las más conservadoras respecto del Concilio Vaticano II que, por su puntual ambigüedad, han utilizado como tapadera de diversas mutilaciones y falacias movidas por la falta de Fe de sus ejecutores. Por el contrario, los católicos mal llamados “tradicionales” o “preconciliares” muestran una verdadera actitud de transformación social y voluntad revolucionaria. Su idea es la de avanzar en la brecha abierta hace 2.000 años y mantenerse despiertos y atentos a los signos de los tiempos, guardando la tradición gloriosa que “revolucionarios” ganaron para la herencia.

El progresismo en cambio ha demostrado ser mucho más estático. Vive en realidades de los años 70 y rechaza cualquier crítica al “Espíritu del Concilio” y descarta cualquier otro en el futuro. Sus versiones más radicales solo esperan encontrar un papado lo suficientemente débil que les permita completar su plan de liquidación.

Mientras estos indignos ahuyentan, la Doctrina y las formas de siempre causan una gran impresión entre los jovenes con inquietud espiritual y así lo atestiguan los datos de naciones como los E.E.U.U.

Dentro del estricto respeto entre los poderes temporal y espiritual (al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios), no estaría de más meditar la idea que tenemos de la Revolución y el ejemplo que puede dar la Iglesia Universal.