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El 31 de julio, día de su fallecimiento, el santoral católico recuerda al español San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, que en poco tiempo se estableció como la élite intelectual de la Iglesia y la vanguardia de la cultura católica, aportando teólogos a Trento que fueron claves en la contrarreforma y evangelizando gran parte del orbe. Menéndez Pelayo, al señalar la grandeza de España en su monumental “Historia de los heterodoxos…”, le cita: “España evangelizadora de la mitad del orbe; España martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio…; esta es nuestra grandeza y nuestra unidad. No tenemos otra”.  Precisamente, su condición de depositaria del saber y la cultura católica y su influencia en la educación, le hicieron ganarse la hostilidad de protestantes, absolutistas, ilustrados y revolucionarios, que la atacaron en distintos periodos de la historia hasta conseguir su supresión.

Buen ejemplo de ello es la expulsión de los jesuitas de España de 1767, ordenada por Carlos III bajo la acusación de haber sido los instigadores del Motín de Esquilache. Seis años después el papa Clemente XIV suprimió la orden. Fue restablecida en 1814, pero los jesuitas serían expulsados de España dos veces más, en 1835, durante la Regencia de María Cristina de Borbón, y en 1932, bajo la Segunda República Española. La difusión de la doctrina de la Ilustración, y, concretamente del jansenismo, movimiento de una fuerte carga antijesuítica, convirtió ciertos aspectos del ideario jesuítico tradicional en sospechosos, como dice Antonio Domínguez Ortiz: “Una monarquía cada vez más laicizada y más absoluta empezó a considerar a los jesuitas no como colaboradores útiles, sino como competidores molestos”. Competidores en la administración de la moral social.

Se inició una investigación denominada la «Pesquisa», cuyas pruebas eran, según Domínguez Ortiz, “de tan sospechoso origen y tan escasa fuerza probatoria, que a lo sumo podía acusar a individuos aislados” a lo que Elvira Roca añade, “no faltaron la falsificación de documentos y otros ardides habituales. El fiscal Campomanes acusó a los jesuitas de ser los responsables de los motines con los que pretendían cambiar la forma de gobierno. Tras la expulsión, el rey pidió la aprobación de las autoridades eclesiásticas en una carta que se envió a los 56 obispos españoles, de los que en su respuesta sólo seis se atrevieron a desaprobar la decisión y cinco no contestaron. El resto, la gran mayoría, aprobó con más o menos entusiasmo el decreto de expulsión.  

El 2 de abril de 1767 las 146 casas de los jesuitas fueron cercadas al amanecer por los soldados del rey y allí se les comunicó la orden. Fueron expulsados de España 2.641 jesuitas y de las Indias 2.630. Muchos indígenas americanos trataron de rebelarse contra la expulsión y atacar a los soldados, pero fueron apaciguados por los frailes. Contra la Compañía de Jesús se levantó una paranoia conspiratoria, que llega a nuestros días, extendida al conjunto de la Iglesia, en basuras como “El código Da Vinci” y similares.

La expulsión de los jesuitas constituye la mayor expresión de la política regalista por la que el mundo católico, influido por las ideas de la Ilustración se iba contagiando de la lógica protestante de someter a la Iglesia al poder de los monarcas absolutos y, pronto, a los nuevos estados nacionales, como vemos, con la aceptación pasiva, cuando no cooperación entusiasta de la propia Iglesia, que, de un modo suicida, no presentó excesiva resistencia a la expulsión. 

Las consecuencias de la expulsión para la política y la cultura españolas fueron malas en la península, por la aportación de la orden a la educación y la ciencia, pero absolutamente terribles en América. Como dice Elvira Roca: “Tras la expulsión, el rey pasó el resto de su vida intentando tapar los agujeros que había provocado. (…) Nunca lo consiguió”. Según esta autora, la desaparición de la Compañía de Jesús: “…marca el punto de inflexión a partir del cual la derrota del mundo católico-latino será definitiva”. A lo que luego añade: “Es el comienzo del suicidio del Imperio español”.

En el siglo XX, la Compañía de Jesús llega a su máximo número de miembros, pero empiezan a surgir corrientes en su seno que desdicen su vocación fundacional, como defensora de la cultura católica, para aceptar una Iglesia sometida al mundialismo progresista, que ofrezca coartadas morales a sus políticas anticristianas y destructoras de nuestra prosperidad, nuestra identidad y nuestra misma Civilización, corrientes que se perciben perfectamente en el actual pontificado en manos, precisamente, procedentes de la Compañía. Justo lo contrario de lo que San Ignacio quiso que fuera. Desde entonces, su número de miembros no ha dejado de disminuir. 

No nos cabe duda de que el espíritu de San Ignacio y de su cuna, la patria española, deberá estar presente en toda verdadera regeneración de la Iglesia y de la Civilización forjada bajo la presencia imponente de la Cruz.