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Un amigo, muy buen amigo, quien había tenido siempre una trayectoria ilustrada y de base liberal progresista hasta su conversión intelectual, dijo una frase que resume muy bien el plano psicológico al que nos conduce la política: “por lo que yo he podido comprobar, la gente de derechas suele pensar que las de izquierdas están equivocadas. Sin embargo, para las izquierdas, ser de derechas es ser mala persona”.

Por supuesto es una afirmación en términos generales. No entienda el lector esto como una defensa de la derecha, espectro en el que, como premoderno, no puedo reconocerme como en casi ninguna categoría política de los últimos 200 años. Dejando eso de lado, centrémonos en el contenido de la sentencia de mi amigo. 

El trabajo propagandístico de años y el gusto de la izquierda por todo lo maleante y desarraigado, ha conseguido crear una conciencia peligrosísima de superioridad moral en sus adeptos. Es curioso que, quienes se han fundado sobre la negación de lo Absoluto y el relativismo práctico, desarrollen una conciencia tan juzgadora y rígida. El hecho es que el resultado son personas que no pueden hacer distinción entre los planos humanos, condenado o “misericordiando” en función de la adhesión a sus ideas. 

La gente se sorprende ante noticias como que en Cataluña haya vecinos que retiran el saludo a quien cuelga una bandera española en su balcón o que hay familias trágicamente divididas, y siempre instancias del mismo bando. Sin embargo, comprendiendo el funcionamiento izquierdista no debería sorprendernos: el contrario, el diferente es malo. El contrario es un peligro. El contrario debe ser abatido. “Con el fascismo no se dialoga, se combate” (me permito añadir yo que ay, si conocieran que fue el fascismo…). En definitiva odio, odio y más odio que justifican porque se dirige contra los malos que odiaban primero. Si, cacofónico, como toda la modernidad. 

Como vemos, esta conciencia de miedo es tremendamente rentable electoralmente pues nada mueve a votar como el terror y la sensación de peligro como ya se vio en Madrid. Para la campaña ayusista se empleó exactamente el mismo método de inocular miedo a la población. Si fue justificado o no, ya lo dejo a juicio del lector, así como considerar si concurrieron algunos méritos de la gestión autonómica. 

Retornando al título que encabeza este articulito con las sabias palabras de Yoda (aunque yo soy más del Imperio), “el odio lleva al sufrimiento”. La dinámica de miedo y odio está destruyendo nuestras relaciones humanas creando esta crispación eterna que es tan provechosa para los vendedores de productos ideológicos de consumo, cutres sustitutivos de la fe, la verdad y la identidad. Menos mal que hay otros que luchan no por odio al de enfrente, sino por amor a lo que tienen detrás. A los demás, pax vobiscum, pero que os den por saco.