Seleccionar página

El sábado pasado nos levantamos con la noticia de que organizaciones feministas se manifestaban contra la ley trans y pedían la dimisión de Irene Montero. Es divertida esta discrepancia entre el feminismo «clásico» y la ideología de género transexualista. Y es que algunas feministas se han dado cuenta de que sin la diferenciación natural entre hombres y mujeres… ya no hay mujeres y de que sin mujeres… no hay feminismo (ni subvenciones ni victimismo).

La RAE define el feminismo como la ideología que defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres y el movimiento que se apoya en ella. Según esta definición, todos podríamos ser feministas, puesto que nada existe de censurable ni de discutible en la igualdad de derechos. Por su parte la Metapedia, enciclopedia alternativa en la red, de ideario nacionalista, define al feminismo como: “un movimiento de subversión marxista cultural, que tiene el propósito de desestabilizar, fracturar y fragmentar a una sociedad y despojarla de su funcionamiento natural por medio de la fabricación de conflictos artificiales entre hombres y mujeres”. Es un punto de vista muy distinto. Subversión, marxismo cultural, conflictos artificiales… 

Las personas y los animales tenemos sexo, las palabras tienen género gramatical. La ideología de género es, pues, la conversión en doctrina política de un error gramatical. La idea subyacente en este abuso del lenguaje es que, junto al sexo biológico, existiría una suerte de “sexo cultural”, integrado por todos los tópicos acumulados en cada cultura sobre las diferencias entre hombres y mujeres. Así, el feminismo incorpora una nueva acepción a la definición de la palabra género, aplicable a las ciencias sociales, como “el conjunto de características diferenciadas que cada sociedad asigna a hombres y mujeres”. A partir de ahí trata de sustituirse el concepto de sexo biológico por el de género meramente cultural y consensual. El sexo ya no es una realidad objetiva biológica, o, de serlo, ya no tiene ninguna importancia. Solo es relevante, ahora, el género, como construcción social, y, por tanto, modificable por la voluntad.

Si la ideología de género sugiere que, además del sexo biológico, existe un “sexo cultural”, al que llama género, la teoría queer defiende que este sexo cultural es lo único que existe y que las diferencias biológicas entre los sexos, simplemente, no existen. La teoría queer afirma que las identidades sexuales y las orientaciones sexuales son el resultado de una construcción social ficticia y arquetípica y que, por lo tanto, no están esencialmente o biológicamente inscritos en la naturaleza humana, por lo que rechaza la clasificación de los individuos en categorías universales y fijas, como “varón” o “mujer”.

Es en esta teoría en la que se basa la ley trans y toda la filosofía antihumana y negadora de la dualidad hombre-mujer que se nos pretende imponer desde los círculos de poder. Nótese como el feminismo de cuarta ola ha colaborado en esta pendiente hacia la locura, desde la famosa frase de la repugnante Simone de Beauvoir de que “no se nace mujer” sino que “se llega a serlo” hasta las últimas campañas para que los hombres carezcan de presunción de inocencia ante los tribunales, pero ahora que esta demencia da sus amargos frutos, una parte de este feminismo, el más avispado, intenta retroceder. Y es que, como hemos dicho, sin la dualidad hombre-mujer no puede haber mujeres y sin mujeres no puede haber feminismo ni subvenciones ni victimismo ni las feministas profesionales tienen manera de justificar su sueldo ni su posición social.

Sobre estas feministas profesionales escribió Cristina Seguí y presentó su libro titulado “La mafia feminista” en el Casal Romeu el miércoles 30 a las 19:30. No tuvo desperdicio.