A Guy Montag, protagonista de la archifamosa novela de Ray Bradbury, aunque al final de «Fahrenheit 451» acaba arrepintiéndose, en las páginas iniciales le gusta quemar libros junto a sus compañeros de curro.
Bajo la dictadura nazibanderista de Kiev —que los aparatos mediáticos de Eurolandia nos presentan como un pulcrísimo bastión de toda suerte de libertades democráticas, incluso con un toque estético «partisano»— gusta convertir en ceniza libros y, cuando ello no es posible, se prohíben.
Días atrás, un tal Viktor Krouglov, máximo responsable de un llamado Consejo de Vigilancia de la edición en Ucrania, se quejaba de que la situación del mercado de libros en el país había entrado en el pozo de lo catastrófico. Las cadenas de distribución y librerías cierran, incluidos los populares café-librerías que se repartían por todo el país.
Una ley de 2023 impide la importación de libros en lengua rusa provenientes tanto de la Federación Rusa como de Bielorrusia. La contradicción —y el consiguiente problema— viene cuando gran parte de la población ucraniana tiene como segunda lengua el ruso y, en algunas regiones fuera incluso del llamado Dombás, es la primera. El ruso, lejos de ser la lengua bárbara propia de sanguinarias ordas de asiáticos del este, había sido en Ucrania, incluso tras la implosión de la URSS, la lengua preferente de la ciencia y la literatura del país.
Este «castigo» al idioma de Dostoyevski, ha venido acompañado de políticas de forzada «ucranización» emprendidas en todas las áreas de la educación de niños y jóvenes —¿no nos recuerda esto algo parecido a lo que ocurre en Cataluña desde hace demasiadas décadas?—, incluidas campañas de «tabula rasa» centradas en placas de calles, cementerios, monumentos, edificios religiosos e incluso accidentes geográficos.
Todo ello ha provocado un irrespirable tufo xenófobo que, como no podía ser de otra manera, llega a ser contraproducente, en la medida en que el que tiene un par de neuronas en su sitio, es capaz de llegar a comprender que sólo al masoquista se le ocurre tirar piedras al propio tejado.
Puede resultar difícilmente asimilable para un alma cándida entregada al catón occidentaloide, pero Ucrania no sólo interpreta el papelón de pequeño gangster correveidile, de tonto útil de la OTAN, sino que en cierta forma hace las veces de delegación del laboratorio de fabricación de bilis rusofóbica de ese engendro luciferino que conocemos como Unión Europea.
¿Llegarán los ucranianos, como Montag, a dar pasos atrás? Complicado.


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