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Dentro de la degradación de la vida política española, reflejo de la europea y de la mundial, quizá aún más acentuado que en otros países, venimos asistiendo a un cruce de reproches entre gobierno y oposición, especialmente en los partidos más aparentemente periféricos del espectro político, Podemos por la izquierda y Vox por la derecha, pero no exclusivamente entre ellos, donde insultos gruesos y acusaciones de gravedad como la de golpistas o terroristas, se cruzan sin el menor sonrojo ante una ciudadanía estupefacta. Dentro de ese intercambio de improperios se han vuelto redundantes los calificativos de fascistas o comunistas para definir al adversario político. ¿Tienen sentido? ¿Está nuestro tablero político repleto de fascistas y comunistas que acosan a la democracia y pretenden asaltarla por la derecha o por la izquierda? ¿Debemos temer la conversión de nuestro sistema en una dictadura fascista si gana el poder la actual oposición o comunista si permanece el gobierno presente ejerciéndolo algunos años más?

Para responder a estas preguntas vamos a analizar el panorama político español y la historia de este cruce de insultos. Lo primero que observamos es que mientras que la acusación de fascista a cualquier opción política conservadora y, con especial virulencia, a cualquier grupo patriota, encaje o no en la definición o en el modelo del fascismo italiano fundado por Mussolini o en cualquiera de los movimientos que se denominaron fascistas en el siglo pasado, ha sido frecuente desde el inicio de la democracia, atribuyéndosele a formaciones o candidatos tan variopintos como la Alianza Popular de Fraga, el PP, Jesús Gil, Ruiz Mateos o Ciudadanos (produce cierto sonrojo ver a representantes de Podemos hacer un juego de palabras para llamar a Albert Rivera, Albert Primo de Rivera) y, por supuesto, a la “extrema derecha oficial”, la Fuerza Nueva de Blas Piñar en la transición y Vox en la actualidad, la acusación de “comunista” o, simplemente, de ultraizquierdista, para la izquierda o la extrema izquierda no ha sido frecuente hasta fechas muy recientes, para referirse a Podemos o al gobierno de Sánchez con Iglesias, habiendo estado ausente de casi toda nuestra experiencia política en el Régimen del 78, pese a haber existido grupos terroristas de ultraizquierda, brazos armados de distintos grupúsculos autodenominados comunistas, como el GRAPO o el FRAP y haber sufrido a la banda terrorista ETA, que se autocalificaba de marxista-leninista, además de separatista, con más de 800 asesinatos a sus espaldas. Aquí encontramos una primera asimetría en el desarrollo del cruce de insultos en el tiempo, sin que 800 cadáveres apagasen la suposición de superioridad moral de la izquierda. Veremos que no es la única.

Es norma de estilo de todas las televisiones generalistas españolas desde hace varios años que a la hora de referirse a la candidata del Frente Nacional francés usen la expresión “la líder ultraderechista Marine Le Pen”, mientras que nunca se han referido al fundador de Podemos, como “el líder ultraizquierdista Pablo Iglesias”. Con la aparición de Vox en el panorama político español la situación se repitió, atreviéndose los analistas políticos presentes en la televisiones a reñir a los votantes españoles por llevar al partido de Abascal al parlamento, como habían reñido a los franceses por su voto a la familia Le Pen o a los estadounidenses por llevar a Trump a la Casa Blanca, sin reparar en que es esencia del sistema democrático que cada quien vote lo que le da la gana sin la necesidad de obedecer a los creadores de opinión de turno. Por supuesto, nadie riñó a los simpatizantes de Iglesias cuando apareció su partido, aunque él se desgañitara pidiendo respeto a sus votantes, cuando nadie se lo había faltado y era a él a quien criticaban, desde medios conservadores, dentro de la lógica democrática, como desde medios progresistas era defendido a muerte por periodistas trocados en comisarios políticos y propagandistas de su formación, de la que determinados canales, como la Sexta, se convirtieron en un BOE oficioso.

¿Existen criterios objetivos, más allá de las simpatías o antipatías que cada uno pueda profesar, para determinar el grado de extremismo de unos y de otros? ¿Podemos establecer si realmente es más “ultra” Abascal o Iglesias, respecto a sus respectivas ideologías, o, siguiendo el hilo de nuestro artículo, si es más fascista Vox que comunista Podemos, o al revés, o ambos en el mismo grado o ninguno de los dos en absoluto? Lo intentaremos:

Pablo Iglesias se ha autoproclamado comunista muchas veces y basta poner “Pablo Iglesias comunista” en YouTube para ver múltiples ejemplos de ello en forma de videos. También es cierto que luego lo ha negado o excusado de mil formas, pero es imposible encontrar, porque no existe, ningún video en el que Marine Le Pen, Trump, Santiago Abascal o cualquier líder español o mundial del patriotismo se haya declarado fascista ni nada parecido. De igual forma, Iglesias ha loado a dictadores comunistas, lamentado la caída del muro de Berlín y llamado referente de dignidad a Fidel Castro. Ni Abascal ni ningún líder patriota europeo o americano ha defendido nunca a ningún dictador de derechas, sin perjuicio de las críticas de Vox a la exhumación de Franco, compartidas por cualquier persona bien nacida a la que le repugnen los sacrilegios y el ensañamiento con los difuntos que, en su condición de tales, no se pueden defender, y que no implicó ninguna alabanza al Jefe del Estado español de casi medio siglo XX, aunque objetivamente hablando, algunas podrían hacerse sin faltar a la verdad. Finalmente, Iglesias ha abogado repetidamente por la puesta en libertad de presos etarras y hablado con simpatía de ETA, excusando sus terribles crímenes. Ni Abascal ni ningún líder patriota ha defendido nunca a terroristas de derechas, racistas o neofascistas de ningún tipo. Parece, pues, que tenemos datos objetivos para señalar un mayor grado de extremismo en Podemos que en Vox o en ningún partido patriota europeo o candidato patriota americano.

Si pasamos del terreno de las palabras al de los hechos, alcanzaremos la misma conclusión. A las convocatorias patriotas o de la supuesta “extrema derecha” no acuden skinheads ni ultras sino familias con niños, mujeres y ancianos y transcurren con una absoluta normalidad, las de la izquierda, protagonizadas por quienes se llaman a sí mismos “antifascistas”, aunque, de hecho, no existan verdaderos fascistas a los que oponerse, siempre terminan con disturbios, destrozos en los bienes públicos y enfrentamientos con la policía. En las caceroladas y manifestaciones contra la gestión del gobierno de Pedro Sánchez de la pandemia de Coronavirus, por ejemplo, todos los actos de violencia los han protagonizado contra-manifestantes de ultraizquierda que se movilizaban en favor del gobierno, incluyendo las agresiones a ciudadanos tan solo por portar en su vehículo la bandera de España, agitados en los días previos por políticos y periodistas de izquierdas que fomentaban el odio político y clasista, no ya discrepando de las movilizaciones, que es un planteamiento legítimo y que forma parte del debate democrático habitual, sino deslegitimándolas bajo el argumento de que los manifestantes vivían en barrios acomodados, los mismos barrios donde, por cierto, viven los políticos y periodistas de izquierdas, sino en otros más lujosos como Galapagar, como si el derecho de manifestación dependiera del barrio de residencia de los manifestantes.

¿Tiene algún viso de realidad la acusación de fascista a Vox o a algún otro partido o líder patriota europeo o americano? No lo parece. El fascismo en todas sus formas fue derrotado en la Segunda Guerra Mundial, quedando criminalizado desde entonces, y su pervivencia se ha dado en grupúsculos marginales y enormemente minoritarios, que han renunciado a la formación de un movimiento de masas y se han mantenido más bien como minorías iniciáticas, como quienes comparten una afición poco común y mal vista, sin ninguna capacidad de influencia en la derecha parlamentaria ni en el conjunto de la vida política. Vox nació como reivindicación del PP de Aznar en tiempos de Rajoy, liderado por antiguos cargos del PP como Vidal Quadras o el propio Abascal, presidente de las Nuevas Generaciones del PP en Alava en la época en que ETA mataba a concejales del PP, habiendo visto como la banda terrorista intentaba asesinar a su padre varias veces y como proetarras quemaban su tienda. Luego Vox evolucionó a planteamientos de patriotismo antiglobalista, comunes a los de otras formaciones europeas, oponiéndose a la inmigración masiva, a la ideología de género y al sistema autonómico, temas que responden a una nueva problemática en el contexto político del siglo XXI y que no existían en la Italia de los años 20 y 30 donde se desarrolló el fascismo. Cualquier parentesco con este, por tanto, está solo en la imaginación de quienes lo esgrimen y debemos concluir que la utilización del término se realiza simplemente como insulto sin ninguna conexión lógica con su significado real.

¿Es comunista Podemos? ¿Se aproxima el actual gobierno a una dictadura comunista? Podríamos esgrimir las propias palabras de Iglesias declarándose comunista como prueba de cargo, pues a confesión de parte, relevo de prueba. Sin embargo, admitiremos el debate al respecto ya que, ciertamente, el que Iglesias se declare o, incluso, se crea comunista no significa que realmente lo sea, al menos en todos los sentidos.

A diferencia de lo referido sobre el fascismo, las potencias comunistas estuvieron entre las vencedoras de la Segunda Guerra Mundial, y solo fueron parcialmente derrotadas con el fin de la Guerra Fría, de modo que el comunismo no sufrió, pese a ser la ideología en cuyo nombre, objetivamente, se han cometido más crímenes y genocidios, la misma satanización que el fascismo, sino que fue integrada en las democracias liberales europeas a través de sus partidos comunistas. En su mayor parte, estos desaparecieron o se reconvirtieron en socialistas tras la caída del Muro de Berlín, pero el Partido Comunista de España persistió como núcleo central de la coalición Izquierda Unida, integrada en la actualidad en la candidatura de Unidas Podemos y con representación en el gobierno de España. Sobra decir que no existe ningún partido fascista ni nacional-socialista camuflado entre las siglas de Vox ni de ninguna candidatura patriota europea o americana, ni apenas podemos imaginar el escándalo que supondría que así fuera.

Indudablemente, la izquierda occidental bebió del marxismo desde sus mismos orígenes, desvirtuándolo más cuanto más se acercaba al centro “keynesiano” y manteniéndolo como referencia más directa cuanto más se escoraba en el tablero político. Por otra parte, el movimiento hippie en Estados Unidos y el mayo del 68 francés en Europa, determinaron un punto de inflexión a partir del cual la izquierda occidental dejaba de tomar como base de sus políticas a las masas proletarias, a los trabajadores asalariados y a los económicamente más desfavorecidos, para centrarse en las llamadas “políticas de identidad” en virtud de las cuales su nuevo objeto de acción eran los urbanitas pijo-progres de clase alta y media-alta, sin problemas socio-económicos reales y obsesionados con el sexo y las drogas. Así e influenciados por el marxismo cultural procedente de la Escuela de Frankfurt, que combinó las teorías de Marx con las de Freud, la nueva izquierda líquida abrazó las causas feministas, homosexualistas, indigenistas e, incluso, animalistas (lo que explica que considerasen admisible manifestarse contra el sacrificio de un perro infectado de ébola, pero no de 30.000 personas muertas por Coronavirus), dejando de lado a los perjudicados por la globalización y por la pérdida de bienestar consecuente a las políticas de deslocalización e inmigración masiva de las últimas décadas.

Podemos sigue, sin duda, este esquema, y aunque tienen su base ideológica en el marxismo, citan frecuentemente a Lenin y a Gramsci, y lamentan la caída del Muro de Berlín, su socialismo ya no es el comunismo real soviético, sino esta izquierda posmoderna embelesada por el feminismo radical y las absurdas teorías de género. Esto no lo hace menos peligroso, sino probablemente más. No, claro, para los poderes económicos capitalistas, para los que la extrema izquierda actual representa a sus tontos útiles o a sus perros rabiosos, dispuestos a morder con su odio ciego a quien cuestione sus dogmas, pero sí para las clases medias y el conjunto de la sociedad. Podemos admira la revolución bolivariana chavista de tipo comunistoide, que está matando de hambre a los venezolanos y que algunos de sus líderes asesoraron, considera que “democracia es expropiar”, que la dictadura del proletariado es la democracia más perfecta y que el terrorismo está justificado si es para servir a idearios marxistoides.

No son, desde luego, comunistas ortodoxos en el sentido de la segunda teoría de Duguin, aquel socialismo marxista cuyo sujeto político era la clase social y que murió entre los escombros del Muro de Berlín, y han aceptado, en cambio, el individualismo liberal en su versión posmoderna, que trata al hombre como mero consumidor, siendo, por tanto, títeres del capitalismo más salvaje, pero siguen teniendo en común con su comunismo fundacional, del que descienden en línea directa, un desprecio abismal por la libertad y la dignidad humana, un cerrado dogmatismo y una pasmosa facilidad para recurrir a la violencia en defensa de sus postulados, el odio clasista al que suman la inquina contra la sociedad tradicional, que ellos rebautizan como “heteropatriarcal”, y el deseo de subvertir el sistema democrático para establecer una sociedad utópica a costa de los sacrificios en cabeza ajena que sean precisos. Advertir contra el peligro “comunista” de Podemos puede que no sea técnicamente preciso, pero no es un alarmismo vacío. No todo el mundo es especialista en filosofía política y, si los de Iglesias no representan al comunismo original, no dejan de descender de él, por lo que el apelativo, sin ser exacto, tampoco resulta del todo injusto.

En definitiva, la respuesta más corta y más sencilla a las preguntas que hemos planteado al inicio de este artículo es que no, que no hay ni comunistas en sentido estricto ni fascistas en ningún sentido posible, más allá del uso del epíteto como insulto grosero, en el panorama político español que amenacen la democracia, respondiendo más esta retórica tremendista a una confrontación política poco responsable que a la realidad. Sin embargo, la situación está lejos de resultar tranquilizadora y, sobre todo, de ser simétrica, existiendo un peligro mayor de extremismo desde la izquierda, debido a la sobrelegitimación de años de predominio en la batalla cultural y en la construcción del relato político, mientras se utiliza el fantasma de la “extrema derecha” y del “fascismo” para criminalizar a opciones políticas que no son extremistas y, en algunos casos, ni siquiera de derechas, simplemente porque amenazan el statu quo económico-político internacional y, especialmente, las políticas globalistas impuestas por los poderes financieros transnacionales, cosa que una extrema izquierda atrapada en sus propias contradicciones no alcanza a realizar.