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En un artículo publicado a finales de octubre pasado, el polémico escritor Iván Vélez ponía el acento en el esfuerzo que el separatismo etarra está poniendo, durante los últimos meses, en presentarse ante las opiniones pública y publicada como adalides de la lucha antifranquista; esto es, como campeonísimos de la democracia.

No podía ser de otra manera. Para dar apoyo político al gobierno del PSOE y sus aliados se necesita determinado pedigree y, si se carece de él, no hay problema: se procede a un cambio estético por la vía de volver del revés la reciente historia de España, como si de un calcetín se tratase. Para buscar esa legitimidad, los epígonos de la banda necesitan hacernos creer que el grueso de sus actos terroristas no eran tanto por conquistar la Republiquita racista-sabiniana, sino combatir contra un Régimen “dictatorial” y “odioso”, con el objeto traernos cuanto antes, vía tiro en la nuca o la bomba-lapa, la dulce jalea de la “democracia”.

Entre 1968 y el 20 de noviembre de 1975, fecha de la muerte de Francisco Franco, ETA cometió 43 asesinatos y, desde ahí hasta el 20 de octubre de 2011, fecha en que los terroristas anunciaron un “cese definitivo” de sus actividades, fueron 828 los asesinados.

Si los números no engañan, los asesinatos cometidos por ETA con anterioridad a la muerte de Francisco Franco, representaban un 5,3% del total de muertes violentas o, lo que es lo mismo, bajo la jefatura de Juan Carlos I ETA cometió el 94,7% del global de asesinatos.

¿ETA antifranquista o, por el contrario, ETA antiespañola? No hace falta haber estudiado en Harvard para darnos cuenta de que para la banda terrorista ETA, el franquismo no pasaba de ser una circunstancia. Tiene toda la razón Vélez: el verdadero enemigo de ETA ayer, como el de sus epígonos de hogaño, es España y su Estado.

La idea del PSOE, una vez la Ley de Memoria Democrática sea aprobada, es que en las escuelas españolas los niños, a través de la asignatura “Deber de Memoria”, se glorifique en el temario a los maquis, las partidas de terroristas comunistas que operaron en España, fundamentalmente en la década de los años cuarenta, particularmente activas entre los años 1945-1947. Excepción hecha de algunos núcleos minoritarios de carácter anarquista, el grueso del maquis era ideológicamente comunista y orgánicamente dependiente del PCE, partido correa de transmisión de Moscú; esto es, de Stalin. 

El hundimiento del maquis en España se debió a dos factores. El primero, fue la represión del terrorismo a cargo de la Guardia Civil, la Policía Armada (hoy Policía Nacional) y el Ejército y, el segundo, la orden que Stalin dió a la cúpula del PCE para que la estrategia terrorista cesase por absolutamente inviable y porque el propio Régimen franquista la aprovechó para acelerar la campaña de desprestigio de sus enemigos. En 1948, efectivamente, el PCE inicia a una nueva etapa: arrincona la “lucha armada” y da paso a la infiltración en el propio andamiaje del Régimen, con especial predilección por los llamados “sindicatos verticales”.

La pregunta es la siguiente: si nuestros escolares van a estudiar el maquis comunista-stalinista como “glorioso contingente de combatientes por la libertad”, ¿por qué con ETA no podría suceder algo similar? Resulta, obviamente, difícil de encajar ese 94,7% de asesinatos en el marco de la “lucha por la democracia” en plena democracia, cierto, pero en una sociedad absolutamente estomacal y amnésica como la nuestra, los “comisarios” de Enseñanza ya operarían en la dirección de fabricar justificantes y justificaciones de todo tipo: incluido, obviamente, el de que 828 asesinatos serían “errores disculpables” de eso que se ha dado en llamar “fuego amigo”.

La Moncloa bien vale un aquelarre.

Juantxo García