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Colón tenía la intuición genial, convertida en firme convicción, de que adentrándose en el Atlántico se podía llegar a Asia. No sospechaba que había un continente en medio por descubrir, pero la idea de que avanzar hacia el oeste llevaba a buen puerto y no al fin del mundo era cierta y el estar dispuesto a probarlo jugándose el prestigio e, incluso, la vida en el empeño requería valor y determinación. Tras el rechazo del rey de Portugal, la convicción de Isabel, que había quedado fascinada por la cosmovisión de Colón expuesta en su Libro de Profecías, a lo que se sumó el final de la guerra en Granada, que no sólo liberó recursos, sino además inyectó un enorme optimismo nacional, permitieron la empresa que había de cambiar la historia del mundo. Secundar la idea de Colón y poner los recursos de la Corona al servicio de esa aventura implicaba, asimismo, una visión intrépida y un coraje nada comunes.

La gran aventura del descubrimiento no hubiera sido posible sin el dominio español de los mares, Aragón en el Mediterráneo y Portugal y Castilla aventurándose en el Atlántico, “la mar oceana”, fruto de los avances en la navegación, atreviéndose a romper el tabú del fin del mundo inscrito en las Columnas de Hércules y en el mismo nombre del cabo Finisterre. La llegada española a América no fue, por tanto, casualidad ni tanto la causa del predominio español de los años siguientes (aunque tuvo un papel notable en ello, como es natural) sino una consecuencia de un dominio que ya existía antes, derivado del buen gobierno de los Reyes Católicos con la institución del primer estado moderno del mundo y del empuje, del optimismo nacional que habían inyectado sus victorias en distintos frentes, que hacían presagiar la llegada de una edad de oro como, en efecto, ocurrió.

El descubrimiento y posterior conquista de América tuvo una importancia fundamental en el transcurso de la historia universal en varios aspectos. En poco tiempo no quedó un rincón del planeta que estuviera completamente aislado del resto, lo que significa que, desde el descubrimiento, da inicio la historia verdaderamente universal. En ese sentido, queda claro que la auténtica hazaña americana no fue tanto el llegar al nuevo continente, como el incorporarlo a la historia universal, por lo que el falso debate sobre su hubo vikingos que arribaron antes que Colón a las costas de Norteamérica no tiene sentido. Además, el concepto imperial español, hizo nacer la Hispanidad como concepto cultural y moral, siguiendo los pasos de Macedonia y de Roma, marcando el camino a otras potencias europeas (lo que quisieron ser ellas, es lo que España fue primero) camino que por desgracia no siguieron, imponiéndose el modelo anglosajón basado en el exterminio de indígenas. El descubrimiento también fue el catalizador de la revolución científica y elevó el conocimiento humano exponencialmente. 

Desde el punto de vista religioso y en palabras del poeta, se le robó un continente al mar y a la barbarie bajo el signo de la cruz. Esto, para los creyentes, atrajo a millones de almas a la fe verdadera y garantizó durante siglos que la palabra de Dios fuera escuchada en todos los rincones del planeta, devolviendo, a decir de Menéndez Pelayo, cien pueblos a la fe verdadera por cada uno que le arrebataba la herejía en Europa, pero incluso para quienes no lo sean, supuso una transformación clave al abandonarse el culto a dioses arcaicos y violentos que exigían sacrificios humanos y pasar a adorarse a un Dios del amor universal. Entonces surgió la idea, defendida por nuestros soldados y exploradores por todo el mundo y por nuestros teólogos en Trento de que el género humano formaba una gran familia.

Trivializar el acontecimiento más relevante de la historia humana junto con la aparición del cristianismo y falsificarlo, como hacen los indigenistas, con el falso mito de “las lágrimas de los indios”, como si los españoles hubiesen ido a América “a robarles el oro” y otras patrañas semejantes es una muestra clara de decadencia, contra la que los españoles debemos luchar. Por supuesto que en el 12 de octubre hay mucho que celebrar. Frente a los barbaros que derriban estatuas de Colón y vandalizan las de Cervantes, la juventud patriota afirma orgullosa que no tenemos nada de lo que avergonzarnos y que solo aspiramos al honor de estar a la altura de nuestros antepasados.