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Si preguntase al lector que tienen en común episodios como el “procés” catalán, la exagerada prima de riesgo de la deuda española, el indigenismo, el periplo de Puigdemont por Bélgica y Alemania sin ser debidamente extraditado a España, el asesinato de Víctor Laínez o el movimiento del black lives matter seguramente no sabría qué contestarme. Ciertamente, parecen sucesos inconexos entre sí, ocurridos en distintas partes del mundo. Sin embargo, sí que existe algo que los relaciona y es que ninguno de ellos podría entenderse o en su concepción o en su desarrollo sin tener en cuenta la existencia de la leyenda negra antiespañola. Documentándome para el que será mi próximo libro sobre la historia de España y como esta determina nuestro presente, pude darme cuenta de que la leyenda negra no es cosa del pasado o un objeto de estudio histórico sin más trascendencia que el placer intelectual de descubrirlo, sino que tiene relación con el presente y con nuestra vida y su existencia puede determinar que seamos más pobres y paguemos más impuestos para pagar los intereses de nuestra deuda o mantener un sistema autonómico absurdo, o incluso que seamos agredidos o, en los casos más extremos, hasta asesinados, por llevar alguna prenda con los colores de la bandera nacional. Dedicaré en mi próximo libro dos capítulos a la leyenda negra además de epígrafes sueltos en otros capítulos como el dedicado a la herejía protestante o a como la leyenda negra ha sido asumida en España. Este artículo es en gran medida un resumen de lo que serán esos capítulos y un guión para la conferencia que sobre la leyenda negra Valentia Forum me ha pedido que imparta y cuya fecha se determinará próximamente.

Tradicionalmente se ha considerado que el creador de la expresión “Leyenda Negra” relativa a las falsificaciones difamatorias sobre la historia de España fue Julián Juderías, en su famoso ensayo premiado por La Ilustración Española y Americana, pero Elvira Roca demostró en “Imperiofobia…” que existen dos ilustres antecedentes literarios en las figuras de Emilia Pardo Bazán y Vicente Blasco Ibáñez, que usaron ya la expresión en varias conferencias. También a nivel internacional se desarrollarían estudios históricos sobre la leyenda negra como los de Maltby, Powell o Arnoldsson, llegando este último a definirla como “la mayor alucinación colectiva de occidente”. No parece que ni Emilia Pardo Bazán, ni Vicente Blasco Ibáñez (republicano, federalista y de izquierdas) ni Juderías (diplomático poliglota, que hablaba alemán, bohemio, búlgaro, croata, danés, francés, holandés, húngaro, inglés, italiano, noruego, portugués, rumano, ruso, serbio y sueco) ni los autores extranjeros que citamos sean el modelo de patriotero simple y rudo que pintan los enemigos internos y externos de España, cuando pretenden negar la existencia de la leyenda negra y desacreditar a quienes la denunciamos.

En su reciente éxito editorial “Imperiofobia y leyenda negra” Elvira Roca categoriza la leyenda negra antiespañola como parte de una corriente de propagandas anti imperiales, especialmente intensa en el caso de España por determinadas circunstancias, pero que obedece a unas características comunes. Roca estudia los casos de Roma, Estados Unidos, Rusia y, finalmente, España. En todos ellos, las oligarquías locales generan estos prejuicios que siempre son los mismos:

  • Imperio inconsciente
  • Sangre baja y mala
  • Pro-anti-semitismo
  • Comisión de brutalidades
  • Ambición desmedida
  • Satanización

Las primeras muestras de prejuicio antiespañol las encontramos en los humanistas italianos, mezclados con muestras de admiración y agradecimiento, en una curiosa combinación. Ocurría un poco como con Estados Unidos y Europa ahora mismo. Consideramos a los norteamericanos unos horteras, pero comemos sus hamburguesas, bebemos sus refrescos azucarados, vemos sus películas y escuchamos su música. De igual modo, los italianos despotricaban de los españoles, los admiraban y los envidiaban. La mayor parte de los tópicos antiespañoles proceden de estos humanistas italianos, aunque no llegaron al extremo de satanizar a España ni consideran anticristos a sus reyes, como hicieron después ingleses y protestantes. Por continuar con la comparación actual con Estados Unidos, si algunos italianos despreciaban a los españoles, como algunos europeos desprecian a los estadounidenses; luteranos y calvinistas satanizaron y criminalizaron con todas sus fuerzas a España, considerándola la patria del anticristo, como ahora los islamistas satanizan a USA. Punto álgido de los reproches a España en los territorios italianos fue el llamado Sacco de Roma, el saqueo de la ciudad cometido por tropas imperiales amotinadas en las que había no solo españoles sino alemanes e italianos y no más significativo que los continuos saqueos franceses de ciudades italianas.

Lo que en los territorios italianos eran solo prejuicios, en el luteranismo ya fue propaganda consciente. El propio Lutero fue uno de los primeros (tal vez el primero) en comprender la fuerza de las imágenes y la utilidad de la imprenta y a él debemos los primeros folletos impresos de propaganda, primero contra el papado y pronto también contra España. Solo Lutero produjo más de 3000 panfletos, de los que apenas 200 fueron respondidos. Su contenido era burdo y obsceno, con dibujos de protestantes alemanes enseñándole el culo al Papa y cosas parecidas, pero precisamente por eso, tremendamente eficaz. Los argumentos de Lutero contra España son los mismos que los de los humanistas italianos con alguna vuelta de tuerca. Sangre baja y mala, pero no ahora por ser godos (por tanto, germánicos) sino por lo contrario, por ser latinos.

Idéntica ambivalencia encontramos en el tema del pro-anti-semitismo. Durante siglos la acusación contra España fue la de tener sangre judía. Con la llegada del liberalismo, el prejuicio cambió. España pasó de ser sospechosa de pro-semitismo a acusada de antisemitismo, acusación que llegó a una autentica satanización de nuestra historia después de la Segunda Guerra mundial, cuando el anti-judaísmo se convirtió en tabú, reprochándonos la expulsión de los judíos por los Reyes Católicos (tema que pasa de la periferia de nuestra historiografía a ocupar una posición central) y ocultando las de los otros países (los judíos fueron expulsados, entre otros lugares, de la Renania en 1012; de Francia en 1182; de Baviera en 1276; de Inglaterra en 1290; por segunda vez de Francia, en 1306; por tercera vez en 1321; de Hungría en 1349; de Francia, por cuarta vez en 1394; de Austria en 1421; de Lituania en 1445; de Portugal, en 1497; de los territorios alemanes dos veces más en el siglo XVI, etc.) España fue el lugar en el que los judíos fueron mejor tratados porque no se confiscaron sus bienes y se les permitió marchar con ellos.

Los resultados del luteranismo fueron terribles para los territorios alemanes. Ejemplo de ello fueron las matanzas de campesinos, de los que Lutero era, en un principio, defensor y que constituyeron sus primeros seguidores. Sin embargo, cuando los príncipes alemanes le dieron su apoyo, Lutero se puso de su parte y al estallar la guerra de los Campesinos, una revuelta de estos contra la alta nobleza por sus malas condiciones de vida, llamó a asesinarlos como a perros, fruto de lo cual fueron exterminados entre 110.000 y 130.000, la mayor matanza de la historia hasta la época contemporánea.

Si Lutero fue el creador del panfleto propagandístico, Guillermo de Orange, el gran rebelde antiespañol de los Países Bajos, fue el creador de la campaña propagandística sistemática, lo que en opinión de Elvira Roca le sitúa como uno de los padres de la modernidad, en el peor de los sentidos. Uno de los puntos culminantes de esta campaña lo constituyeron unas acusaciones personales contra Felipe II como asesino de su hijo don Carlos, de su esposa Isabel de Valois y del secretario Escobedo. La supervivencia de la leyenda sobre don Carlos se debe a la popularidad de la Ópera de Verdi. Ya que no se ha encontrado evidencia alguna que justifique estas imputaciones, deben tomarse como simplemente falsas.

Otra parte de la “Leyenda negra” tiene que ver con la actuación del Duque de Alba en los Países Bajos, que si bien fue dura, no se diferenció mucho de la de cualquier ejército victorioso de la época. La propaganda eleva las poco más de mil ejecuciones que se produjeron (no arbitrarias, sino de acuerdo a la ley), cifra ridícula si se compara con la de los Tudor en Irlanda o los Habsburgo en Transilvania, a 200.000. Algunos panfletos pintan al duque literalmente comiendo bebés y todavía se asusta a los niños holandeses con su recuerdo como si se tratase del coco.

Los calvinistas causaron multitud de matanzas en los Países Bajos. Como ejemplo se puede poner, la persecución de homosexuales con motivo del hundimiento de diques causado por el molusco de la broma en 1731. Las autoridades calvinistas interpretaron que se trataba de un castigo divino por la abundancia de homosexuales, sodomitas como se decía en aquellos momentos. En algunos de ellos se acusaba expresamente al Papa y a los jesuitas de haber pactado con el demonio para exterminar la raza humana utilizando la homosexualidad. Hubo casi 30 ejecuciones precedidas de espantosas torturas y las persecuciones se extendieron por numerosas ciudades provocando cientos (tal vez miles) de muertos.

La propaganda antiespañola en Inglaterra comienza desde el mismo momento en que Enrique VIII se proclama cabeza de la Iglesia anglicana en 1534, para poder divorciarse de Catalina de Aragón y casarse con Ana Bolena, a la que después ejecutaría. Se casó un total de 6 veces y ordenó ejecutar a otra de sus esposas. Que una de las religiones más influyentes de la modernidad haya sido fundada por un doble parricida (asesino machista se diría hoy) es como para hacérselo mirar. Maltby distingue en su famoso estudio tres temas favoritos para su desarrollo: la impiedad del catolicismo español considerado como “el tenebroso antro papista”; los presuntos crímenes españoles en América, “las lágrimas de los indios”, que ya habían adelantado los holandeses a partir de los textos de Bartolomé de las Casas; y la derrota de la Armada Invencible. Resulta curioso como las acusaciones a España de unos crímenes en América que nunca existieron, sino de manera aislada y marginal, y frente a los que la Monarquía hispánica luchó, no impidieron que después los ingleses los cometieran multiplicados por mil, hasta el punto de perpetrar un auténtico genocidio y prácticamente exterminar a los indígenas en América del norte, sin que la Monarquía británica moviera un dedo para mitigarlos.

Respecto a la derrota de la Armada Invencible, España recobró el predominio naval poco después y lo mantuvo medio siglo más. Inglaterra, que ya había intentado invadir Méjico por Veracruz en 1568, sin éxito, animada por la derrota de la Invencible, organizó una “Contra-Armada” comandada por el pirata Drake que intentó invadir España por Portugal en 1598, fracasando estrepitosamente. ¿Por qué todo el mundo conoce la derrota de la Invencible y casi nadie la de la Contra-Armada? Propaganda. Inglaterra volvería a intentar invadir posesiones españolas en Cartagena de Indias en 1740 y en Argentina en 1804 y 1806, cayendo de nuevo derrotada y humillada.

Como dice Elvira Roca, el caso inglés como el germánico-luterano y el neerlandés-calvinista y a diferencia del italiano, es “propaganda de guerra apoyada en una nueva religión”, de modo que todos comparten “haber convertido la hispanofobia en parte de su religión”, lo que hace muy difícil combatirla desde la razón y la extiende en el tiempo, aunque España ya no sea ese Imperio amenazante contra el que luchaban. Si la Iglesia católica es la “ramera de Babilonia” y España, su “nación defensora”, eso iguala a España con el anticristo.

La Inglaterra anglicana perseguiría con saña a los católicos hasta obligar a su población a delatar a sus vecinos y familiares por no acudir al culto anglicano o dar cobijo a sacerdotes católicos en sus casas, lo que se castigaba con prisión e, incluso, muerte, con ejecuciones públicas constituidas en espectáculos por los que se pagaba entrada y donde a los sacerdotes católicos les cortaban los genitales y luego los descuartizaban. También podemos anotar el genocidio de irlandeses (católicos) por hambre que costó la vida a un millón de ellos y el origen de la máscara de Anonymous y los anarquistas que es una efigie del católico Guy Fawkes, ejecutado por querer vengar las matanzas de católicos volando el parlamento inglés y que dio lugar a una celebración de dudoso gusto en la que se quemaban muñecos con su rostro.

La preeminencia moral de Carlos como Emperador y Rey de la mayor potencia de la época se basaba en la unidad de creencias en Europa, sintetizada en el concepto de Universitas Christiana. La afirmación nacionalista de las oligarquías locales necesitaba, por tanto, para llevarse a término, acabar con la unidad espiritual de Europa realizada en la religión. Necesitaba, por consiguiente, un cisma religioso. Si el poder se fundamentaba en un relato religioso, la rebelión contra el poder necesitaba una nueva religión que lo justificase y que presentara al poder anterior como al anticristo. Por eso nació el protestantismo. Como dice Elvira Roca: “El protestantismo fue la carga principal de dinamita con que se voló este proyecto prematuro de unidad europea. Entiéndanse bien las causas y los efectos. No es que este fracasara porque apareció el problema del protestantismo, sino que el protestantismo surgió para que este proyecto no triunfara.” España, por tanto, no se “equivocó de Dios en Trento”, como dicen algunos hispanófobos, sino que más bien, los protestantes se inventaron un nuevo dios para destruir el Imperio español.

Otro tema de la leyenda negra es la inquisición, considerada autora de espantosas torturas y, después responsable de la ignorancia. En realidad, la inquisición fue el tribunal más adelantado de su tiempo, el primero que prohibió la tortura un siglo antes de que esa prohibición se generalizara y el que empleaba los métodos periciales más avanzados, gracias a lo cual se evitó en España la quema de brujas que estremeció a otros países. Muchos reos blasfemaban a propósito para que la inquisición conociera de su caso porque era mucho más piadosa que los tribunales civiles. Además de delitos de herejía y de falsos conversos también conocía de bigamia, prostitución, proxenetismo, perjurio, violaciones, abusos a menores, falsificación de documentos y de moneda, contrabando de caballos y armas y piratería de libros. Como vemos, la imagen habitual sobre ella es una pura y dura falsificación.

El número de protestantes condenados por la Inquisición española de 1520 a 1820 fue de 220, de los cuales solo 12 fueron quemados. Solo Enrique VIII ordenó descuartizar a más de 3000 católicos y su hija bastarda la reina Isabel a otros tantos. La Inquisición española condenó a exactamente 27 brujas. En los territorios alemanes fueron 25.000, en Francia 4000, en Suiza otras tantas y en el conjunto de Europa 50.000, cifra que algunos autores como Marvin Harris multiplican por 10 alcanzando el medio millón. La inquisición en sus tres siglos de historia ejecutó a 1.300 personas, en Inglaterra (mucho menos poblada entonces que España) en un periodo de tiempo similar fueron condenadas a muerte más de 250.000 personas. Galileo fue condenado por la Iglesia católica a rezar unos salmos, nunca fue torturado ni encarcelado (“sufrió” un arresto domiciliario en un palacio paseando por sus jardines) ni perjudicado de ninguna otra forma. Miguel Servet fue torturado y quemado vivo por Calvino y Lavoisier, padre de la química, fue guillotinado en la Revolución francesa bajo el argumento de la revolución no necesitaba científicos ni químicos.

La mitología creada en torno a las “lágrimas de los indios” y que difama la actuación española en América es especialmente cínica en tanto que viene creada y alimentada por los mismos que sí derramaron tales lágrimas hasta cerrar los ojos de las que brotaban con brutales exterminios. Sin embargo y a pesar de su carácter particularmente despreciable es un tema que vuelve una y otra vez, actualizado por el indigenismo en los últimos años. Frente a la explotación de indígenas por los anglosajones en América del Norte, con su imperio “depredador”, España realizó una labor evangelizadora, permitió el mestizaje, y tuvo en consideración cuestiones éticas ajenas a otros a otros pueblos y completamente inusuales en la expansión imperialista de las demás potencias aun en la actualidad.

Normalmente la Leyenda Negra utiliza los escritos de Fray Bartolomé de las Casas para justificar sus infundios sobre la presencia española en América, pero estos ya han sido desprestigiados por sus exageraciones. De las Casas, por cierto, defiende en su texto los sacrificios humanos y recomienda traer esclavos negros, para que los indios estuvieran “más descansados”. Resulta curioso que cada vez que España tiene algún conflicto diplomático con algún país anglosajón se vuelvan a traer a colación. En Estados Unidos, por ejemplo, se editaron masivamente por última vez en durante la Guerra de Cuba.

Finalmente, podemos referirnos a la ilustración francesa. Durante los siglos XVI y XVII Francia fue instigadora y beneficiaria de la leyenda negra, pero no participe de ella. Esto cambió en el siglo XVIII con la llegada de la “Ilustración”. “¿Qué se debe a España? Y desde hace dos siglos, desde hace cuatro, desde hace diez, ¿qué ha hecho por Europa? Nada se le debe”. Así se explaya el artículo sobre España escrito por Masson de Morvilliers de «La Enciclopedia Metódica» editada en Francia entre los años 1751 y 1772, bajo la dirección de Denis Diderot y Jean Le Rond d’Alembert. Influido por la leyenda negra, Masson de Morvilliers, se dedicó a lanzar improperios: “Tal vez sea la nación más ignorante de Europa. ¡Las artes, las ciencias, el comercio se han apagado en esta tierra!”. Que esto es una falsedad despreciativa cae por su propio peso. Sin embargo, en un momento dado la acusación relativa a la inexistencia de la ciencia española porque la iglesia y la inquisición impedían su desarrollo fue creída, cuando en realidad en la Francia ilustrada también había inquisición e índice de libros prohibidos y, de hecho, en España se leían libremente, libros prohibidos en Francia, Inglaterra, Estados Unidos y Canadá incluso hasta pleno siglo XX.

Y es que, durante el siglo XVIII, la Francia ilustrada tiene la hacienda quebrada, Paris no tiene agua corriente ni saneamiento y su sistema bancario está tan atrasado que no conoce la letra de cambio, que en España se venía usando desde el siglo XVI. En 1709 hubo una hambruna, la más grave en Europa, después de la irlandesa que ya hemos comentado, y entre 1730 y 1795 se produjeron en Francia unos cien levantamientos provocados por el hambre, siendo especialmente grave el de 1775. En Inglaterra, los disturbios populares suman 375 entre 1730 y 1795, de ellos 275 por hambre, el más grave el de 1780 en el que, como en la mayoría, se eligió a los católicos como víctimas propiciatorias, quedando arrasado el barrio católico de Londres. En España, en ese periodo, se produjo exactamente un levantamiento similar, el famoso motín de Esquilache.

La primera reacción española ante la leyenda negra fue la indiferencia y el desprecio. Durante el siglo XIX, sin embargo, comienza a surgir una suerte de complejo de inferioridad ante la Europa más modernizada, que empieza a percibirse de un modo idealizado y acrítico. Es en este proceso en el que surge la polémica sobre la ciencia española. Los pensadores “progresistas”, krausistas, positivistas o de otro tipo, sostenían, siguiendo a los difamadores ilustrados franceses, que España no había aportado a la historia de la ciencia universal absolutamente nada. Con mejor criterio, Menéndez Pelayo y Gumersindo Laverde señalaron como el catolicismo no había impedido destacar a numerosos españoles en materias científicas. En realidad, el descubrimiento de América había sido el gran catalizador de la revolución científica y, durante los siglos XVI y XVII, España había sido la mayor potencia cultural, con las universidades más prestigiosos (Salamanca y Alcalá de Henares) y la escuela de pensamiento más exitosa (la Escuela de Salamanca, creadora de la economía como ciencia y del derecho de gentes del que surgiría el derecho internacional). La leyenda negra había empezado a calar entre los propios españoles y era cuestión de tiempo que eso acabase por generar un complejo de inferioridad colectivo, una desmoralización nacional, una depresión histórica, que aún continua.

La derrota en la Guerra de Cuba representó un cataclismo en la península difícil de explicar hasta el punto de que movió los cimientos intelectuales de toda España y obligó a buscar culpables de lo que ya se percibía como un fracaso sin paliativos. ¿Dónde encontrar esos culpables? Resulta que la leyenda negra ofrecía una respuesta congruente y sencilla (aunque profundamente equivocada y falsaria) a esa pregunta. Además, contaba con la ventaja, señalada acertadamente por Elvira Roca en “Imperiofobia…” de encontrar esos culpables en el pasado remoto y absolver, por lo tanto, de sus fracasos a los españoles del presente, especialmente a los de tendencia “progresista”. España tenía una historia equivocada y enferma de la que se debía liberar. El relativo desastre del 98, exagerado hasta el paroxismo, supuso un acelerón brutal en la asunción de la leyenda negra antiespañola dentro de la propia España.

En realidad, no importa tanto si esta aceptación de la leyenda negra en España se produjo como consecuencia de la llegada de la dinastía de los Borbones al trono, como sostiene Elvira Roca, o fue ocasionada por la pérdida de las colonias y en especial por el desastre del 98, como nos dicen Pio Moa o Stanley Payne. Probablemente todos tienen parte de razón. Lo relevante es que ese complejo histórico no se justifica con los hechos y que sigue siendo una losa sobre nuestros hombros que nos impide desarrollar nuestras potencialidades. No existe ningún motivo razonable por el que una España que se libre de estúpidos complejos no pueda aspirar a un futuro mejor e ilusionante en que pueda realizar nuevas aportaciones a la Civilización, a la historia y al mundo. Si creemos en nosotros mismos, no habrá nada que no podamos lograr como pueblo.