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Tras la caída de Roma, los reinos germánicos vinculados jurídicamente al Imperio se convirtieron en reinos de pleno derecho. La muerte de Alarico II (484-507) frente a las tropas francas de Clodoveo, terminó con el reino visigodo de Tolosa, lo que fuerza a los visigodos a trasladar el centro de gravedad de su poder a Hispania, de modo que su reino es ya, entonces, plenamente español y con capital en la península, abandonando a los francos el señorío de las Galias. Leovigildo fue elegido rey en 573. Pronto logró la anexión de los territorios peninsulares que todavía no estaban bajo control visigodo (Cantabria y Galicia, y redujo enormemente la extensión del territorio bizantino en el sur). Hubo de hacer frente a la rebelión de su hijo Hermenegildo, convertido al catolicismo por lo que fue apresado y decapitado y, de hecho, su otro hijo y sucesor, Recaredo (586-601), se bautizó también en la Iglesia romana tras la muerte de su padre, dice la leyenda que impresionado por el martirio de su hermano. Leovigildo había intentado unificar las creencias de su reino convirtiendo a los hispanorromanos al arrianismo, pero fracasó en tal empeño. La ansiada unidad religiosa la conseguiría Recaredo, pero con la estrategia contraria, convirtiéndose él mismo y a los demás visigodos al catolicismo. Durante su reinado se celebró el III Concilio de Toledo (589), que se considera el acta fundacional del reino visigodo católico de Toledo y, con él, de España. En siglo VII, Sunitilla expulsa del sur de la Península a los Bizantinos, empeñados en reconstruir en Occidente el Imperio romano, completando la unificación de la Península bajo el reino Visigodo, y Recesvinto aprueba el Liber Iudiciorum, como único texto legal válido tanto para hispanorromanos como para visigodos, sin distinción de fueros, lo que ya había sido adelantado por Leovigildo, que había levantado también la prohibición de los matrimonios mixtos. Desde entonces, unos y otros, solo conocerán una lengua, una ley, una fe y un soberano.

El Tercer Concilio de Toledo, que hemos mencionado, es de fundamental importancia hasta el punto de que podemos fijar en este momento el nacimiento de España como nación histórica, es decir, como nuestra patria, con todas las consecuencias que se derivan de ello. Como hemos visto, España, la iberia de los griegos o la *I-span-ya de los fenicios era ya percibida como una cierta unidad, como un territorio, por sus visitantes, y así se estableció Hispania como provincia de Roma, como unidad territorial dependiente del Imperio. A la caída de Roma, tras un periodo convulso, el Reino Visigodo constituye en España la primera nación histórica (tal vez, junto con el Reino Franco en la actual Francia) de Europa, justo en este momento, en el que hispanorromanos y visigodos componen por fin una unidad jurídica, social y espiritual, a partir de este concilio. Jurídica, porque los visigodos dejan de regirse por su derecho consuetudinario para aceptar el derecho romano; social, porque la prohibición de matrimonios mixtos, ya en desuso, es levantada definitivamente; y espiritual por la conversión de los visigodos al catolicismo abandonando la herejía arriana que hasta ese momento abrazaban. 

En ese momento existe España, Spania la patria, la nación histórica, con una mixtura étnica y un bagaje cultural y espiritual que la definen hasta nuestros días. La mezcla de sangres y de elementos culturales, la lengua derivada del latín, el derecho hijo del romano, el pensamiento basado en la filosofía griega, los arquetipos míticos de los tartesos, los godos y los romanos, los germánicos y los latinos, todo está ya ahí.