Para muchos, Europa está agotada. Y es que ya ha dado de sí su mito cultural griego (la Belleza), su mito político romano (el Imperivm), su mito espiritual español (un Imperio Universal), su mito social francés (la Libertad), su mito natural alemán (el Origen) y su mito económico estadounidense (la Prosperidad). Siendo que la identidad humana se compone de todas estas dimensiones y no se le puede añadir ninguna más. Cada mito nacional ha dado de sí lo mejor de cada dimensión y, la pregunta que nos queda ahora, consiste en qué podemos hacer a partir de entonces. Tras haber caído todos nuestros imperios, tras habernos desangrado en dos guerras mundiales y en diversas guerras civiles, o tras haber sido sometidos a un paradigma global.
Existen distintos elementos del patriotismo que cojean de un pie y se abalanzan sobre alguno de todos esos mitos. Los hay que glorifican al imperio español (aunque perjudique a nuestro grupo étnico), los hay conservadores de la época clásica grecorromana (aunque no conservan nada), como también los hay seguidores del siglo XX en sus distintos bandos nacionales (aunque se encuentren estigmatizados como dictadores). Pero, el reto que tenemos delante, consiste en tratar de unificarlos a todos bajo un Nuevo Mito que sacuda nuestras conciencias. Y la forma más sencilla de llevar a cabo este proceso consiste en fijarnos en qué consiste la Vida. Una Vida que es experimentada por todos, pero que es igualmente difícil de abordar desde una perspectiva general. Porque es tan grande que nuestra conciencia humana no alcanza a verla al completo. La revolución americana se fundó sobre una frase: “Life, Liberty and the pursuit of Happiness”. Del mismo modo que el versículo Juan 14:6 de la Biblia, según parece que Jesús dijo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. De tal manera que, de un modo u otro, desde los tiempos antiguos hasta la última revolución moderna que ha llevado a cabo la civilización occidental, se encuentra desdibujado y ambiguo este concepto de Vida. ¿Qué significaban todas esas ‘Vidas’? Si bien, algunos grandes pensadores y literatos como J. L. Borges o G. García Márquez han extendido reflexiones sobre la Vida. Mientras la filosofía se ha ocupado de muchos asuntos, pero nunca ha existido una escuela del pensar sobre la Vida. Debemos irnos a trazos sueltos, a conclusiones abstractas o a sabidurías que nos indican caminos poco señalizados. Ningún ser humano nace con un librillo de instrucciones bajo el brazo, la Vida consiste en experimentarla y descubrirla para integrarnos en nosotros mismos. El vitalismo de algunos autores como W. Dilthey, Goethe u Ortega Gasset apareció como respuesta a su modernidad, no como una concepción mítica, y lo pegaron continuamente a la naturaleza como parte del mito alemán.
En cambio, tenemos a Egipto como civilización central de esta Vida, lo cual le otorgaba su significado al símbolo del ‘ankh’. Porque los egipcios no pensaban en esto o aquello, en unas partes frente a otras, o en recomponer montones de gravilla. Sino que ellos concebían a la Vida como una totalidad, que les permitía fijar su mirada hacia el cosmos como unidad trascendente. En cambio, a partir del humanismo clásico, del humanismo cristiano y del humanismo ilustrado; hemos desplazado nuestra mirada hacia la unidad trascendente del cosmos, para quedarnos enfangados en otras consideraciones. Como son: la felicidad del Hombre, la libertad del Hombre, la salvación del Hombre o el progreso del Hombre. Elevar a la Vida a la categoría de Mito nos propone unas nuevas dialécticas, por el motivo de que esto ya no consistirá entre una lucha de izquierdas y derechas, de creyentes y ateos, de idealistas contra materialistas o de tradicionalistas contra modernistas. Sino de las fuerzas de la vida contra las fuerzas de la muerte. Y esto no es un tema baladí, por el motivo de que explica tanto la encerrona geopolítica que sufre Occidente (vivir o morir), como a la cultura de la muerte que propone el progresismo (eutanasia), al igual que a otras muchas cuestiones como a la desaparición étnica de los pueblos indoeuropeos (natalidad negativa con inmigración masiva), a la destrucción de la familia (mediante el divorcio o el aborto), a la disolución de nuestras culturas (mediante el consumismo y la globalización), al hundimiento de nuestra economía (en favor de los BRICS), al abandono del entorno rural (la tradición), a la democracia como Estado fallido frente a las últimas catástrofes que hemos sufrido (la DANA, Filomena, el volcán de la Palma, los accidentes ferroviarios consecutivos desde Adamuz) o a los graves problemas de salud pública que sufrimos (suicidios, depresiones, adicciones, ansiedades). Y todo esto ocurre mientras las nuevas generaciones comienzan a experimentar su vitalidad, mediante las fotografías de Instagram en entornos paradisíacos, los food-lovers, los pet-lovers, los aficionados al montañismo y al senderismo, el asentamiento de la libertad sexual, los deportes extremos patrocinados por RedBull, los miles de corredores que hay todas las tardes en el Río Túria, los millones de apuntados a todos los gimnasios en el mes de Enero, o la aparición de tantos fisioterapeutas y masajistas. Siendo este Egipto y este vitalismo, como una propuesta que nos conduce hacia algo viejo-nuevo, perteneciente a la Tradición Occidental. Que ya trataron de explorar algunos renacentistas como M. Ficino, Pico della Mirandola o Giordano Bruno.

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