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Durante la Guerra de Sucesión, en 1704, una flota angloholandesa al mando del Príncipe de Hesse-Darmstadt y del almirante Rooke, ocupó el territorio español de Gibraltar, en nombre de España y a favor del Archiduque Carlos, uno de los aspirantes al trono. Finalizada la contienda, sin embargo, Inglaterra se negó a abandonar el peñón. España no solo perdía su Imperio europeo y, por los pactos de familia, quedaba bajo influencia francesa, sino que, además, el Imperio depredador británico ponía un pie en la zona estratégica de entrada al Mediterráneo de Gibraltar.

Ante los hechos consumados, se firmó el tratado de Utrecht por el que se cedía la propiedad del peñón, pero no la soberanía, tratado que Inglaterra violó constantemente obviando la legalidad española. Con la apertura del canal de Suez en 1869, la importancia estratégica y el valor de Gibraltar para la Gran Bretaña, ya grandes, aumentaron todavía más, dada su posición como puerto de aprovisionamiento y escala. En la primera mitad del siglo XX, los abusos de Inglaterra continuaron. Aprovechando una epidemia de cólera, levantaron la verja que existe actualmente sobre el terreno del istmo, un territorio que era español. Más adelante, invadieron aguas españolas, extendieron aún más el territorio y construyeron en él un aeropuerto, aprovechando la debilidad de los gobiernos de España.

En 1969, en pleno franquismo, tras la aprobación por parte de la Asamblea General de la ONU de dos resoluciones sobre Gibraltar favorables para España, que Inglaterra ignoró, y ante el hecho de que aviones de guerra británicos comenzaron a hostigar a la población de La Línea de la Concepción, en Cádiz, violando el espacio aéreo español, Franco, ordenó el cierre permanente de la Verja y el corte de todas las comunicaciones de España con el Peñón. Esta política de fuerza del franquismo convirtió Gibraltar en un negocio nefasto para Inglaterra, que tuvo que inyectar a “la roca” continuas subvenciones para evitar su ruina, y, por primera vez desde el Tratado de Utrecht, hizo pensar en una resolución favorable para los intereses de España, pero, tras la muerte de Franco, pese a que, en un principio, el gobierno de la UCD persistió en el cierre, la llegada al poder del PSOE de Felipe González, con Morán como ministro de exteriores, dio al traste con las esperanzas de retorno de Gibraltar a España, al abrir de nuevo la verja y volver a la política de debilidad, lo que supuso una traición más del Régimen del 78 a los intereses de España y de sumisión a los anglosajones.

Durante el gobierno de Aznar, surgió una oportunidad para obtener importantes cesiones británicas en el tema gibraltareño, como fue la absurda Guerra de Irak, con Bush hijo como presidente de USA, apoyada por el Primer Ministro inglés Tony Blair y por el propio Aznar, el trio de las Azores. Para el Imperio anglosajón, Oriente Próximo resultaba de mayor importancia táctica que una colonia en una Europa ya pacificada y totalmente bajo su control, de modo que haber condicionado el apoyo español a esa descabellada empresa a cambio de concesiones en el peñón hubiera resultado relativamente sencillo. Ciertamente, la posición más correcta de España no hubiera sido esa, sino la de oponerse a esa guerra sin sentido, pero apoyarla a cambio de nada, como finalmente ocurrió, fue la peor opción de todas.

Peor aún fue el estrepitoso error de Zapatero, con Moratinos como ministro de exteriores, admitiendo la antiespañola y ventajista administración gibraltareña como parte en el proceso negociador con Gran Bretaña, lo que indudablemente dificulta la resolución del conflicto y debilita la posición española. Finalmente, el Brexit fue una nueva oportunidad perdida para poner tan importante tema encima de la mesa, en relación al abandono del Reino Unido de la UE, pues eso significa que Inglaterra, país extracomunitario, tiene ahora una colonia dentro del territorio de un estado miembro de la UE, con lo que la afrenta ya no es para España, sino para toda Europa, pero la indolencia de las autoridades comunitarias, acompañada de la falta de visión histórica, tanto de Rajoy como de Pedro Sánchez, los presidente españoles de esos años, frustraron la ocasión.

Durante la historia, el dominio británico de Gibraltar, ha sido sede de intromisiones en los asuntos internos españoles, favoreciendo pronunciamientos militares, actuaciones separatistas, espionaje, contrabando y todo tipo de negocios sucios. Actualmente, Gibraltar es la única colonia en Europa, una colonia que invade el territorio español y que, con su funcionamiento como paraíso fiscal y puerto franco para el contrabando, el blanqueo de capitales y el tráfico de drogas, deprime la comarca que lo rodea y la convierte en la de mayor desempleo del país. Y eso en un punto geográfico militarmente estratégico como centro del eje defensivo Baleares-Estrecho-Canarias, que así queda en manos de una potencia que, como indica Pio Moa: “por el mero hecho de invadir nuestro territorio no puede ser amiga.”

Resulta evidente que, antes de embarcarnos en empresas mayores, recuperar la soberanía de Gibraltar es un objetivo geoestratégico de primer orden para España, no solo por lo que es en sí mismo sino por lo que simboliza. España dejó de ser potencia de primera clase cuando aceptó tener una colonia en suelo propio y volverá a ser, no ya una gran potencia, sino una patria libre, capaz de forjar su propio destino y asumir sus misiones en la historia, cuando la recupere.