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Por José M. Bou   

        “La semilla de la desconfianza en el discurso oficial ya ha sido sembrada y será cuestión de tiempo que dé sus frutos”

La crisis del Coronavirus está planteando interesantes cuestiones en el ámbito político internacional, entre ellas una guerra de prestigio entre potencias y su relación con las políticas globalistas. 

Primero Estados Unidos flageló a China por ser el origen de la enfermedad, China se defendió dando veracidad al bulo de que el virus suponía una suerte de ataque químico de USA contra el país asiático, que no parece sostenerse, y luego, cuando la pandemia llegó a Europa y América, presumiendo de su gestión de la misma, supuestamente más eficaz que la occidental. Estados Unidos contraatacó situando al paciente 0 en un laboratorio chino, próximo al mercado donde se supone que un murciélago portador del virus inicio la catástrofe. Realmente, no parece que ninguna de las dos potencias pueda sacar mucho pecho por lo ocurrido. Para empezar, China es el origen de la pandemia y la información que ha ido suministrando sobre la misma ha sido poco transparente y, a menudo, poco creíble, incluido el dato del número de muertos que, probablemente haya que multiplicar por 10 o por 100, como ya advirtió el doctor Cavadas. USA, por su parte, con su concepto individualista de la política, heredado de su liberalismo fundacional, con su economicismo constitutivo y su sistema sanitario basado en seguros privados que procuran minimizar gastos y eludir sus obligaciones a la menor oportunidad, sin que su sistema judicial sepa reconducirlos y defender eficazmente los derechos de los pacientes, tampoco puede presumir de una gestión especialmente eficaz y, aunque la administración Trump, seguramente sabrá minimizar las pérdidas económicas y pasar la crisis mejor que la mayoría de países europeos, las debilidades estructurales de su sociedad han quedado al descubierto.
 
Uno de los temas más relevantes que nos podemos plantear es cómo afectará la pandemia de Coronavirus a la globalización, si impulsará las políticas globalistas o las hará entrar en crisis. La interpretación que tenemos en los medios mayoritarios no ofrecería lugar a dudas: este es un problema global que requiere de una solución global, basada en la cooperación de todos los países y en la guía de las organizaciones supranacionales. Un impulso, vaya, a la gobernanza global. Además, esta situación nos está obligando a acudir al comercio on line y provocará la ruina de millones de pequeñas y medianas empresas con un radio de acción local, en beneficio de las grandes multinacionales que aguantarán mejor el chaparrón. Sin embargo, bajo ese “optimismo globalista” apenas puede ocultarse una realidad fundamental: sin globalización o, mejor aún, sin políticas globalistas no habría problema o, dicho de otro modo, el problema nunca hubiera salido de China. No presenta especial mérito que el globalismo nos ofrezca una solución, por lo demás plenamente insatisfactoria, a un problema que, de hecho, él mismo ha creado. Si un número suficiente de personas se dan cuenta de este pequeño detalle, la extensión de una corriente de opinión contraria a la globalización y, más específicamente, a las políticas globalistas, puede discurrir sin freno.
 
Al final, parece que las denostadas fronteras, cuya demolición última marcaría el inicio de la utopía globalista, la realización definitiva del paraíso progresista expresado en la letra del Imagine de John Lennon, sí que sirven para algo. Por ejemplo, para detener una epidemia y evitar su conversión en pandemia en cuestión de días, con el coste en millones de vidas y el hundimiento económico y social que va a traer detrás. Que, en España, por poner un ejemplo, se nos impidiese antes salir de nuestras propias casas que atreverse a cerrar las fronteras, cosa que no se ha hecho del todo aún hoy, cuando es evidente que eso habría evitado la llegada a nuestra patria de la enfermedad y, con ello, del problema, da muestra de hasta qué punto tiene nuestra clase dirigente internalizado el mito globalista de la consideración de las fronteras como obstáculos en el camino hacia el paraíso. Al contrario, las fronteras se nos muestran ahora como salvaguardas de nuestra seguridad, protectoras de nuestra salud y barreras para las amenazas. Lo que, vaya, siempre fueron. Porque es la globalización la que permite que un avión pueda llegar desde China a España en tan solo unas horas, pero son las políticas globalistas las que impiden que se efectúen los controles de salud lógicos ante una situación de pandemia, para entrar en el suelo patrio.
 
Bajo los discursos huecos del buenismo, esta crisis ha demostrado que el referente político básico sigue siendo los estados nación, y que las élites globalistas tan solo los manipulan en su provecho, cuando las propias oligarquías nacionales se prestan a ello. A la hora de la verdad, ninguna estructura supranacional ha sustituido a los estados nacionales, que han buscado su propio interés al, por ejemplo, proveerse del material sanitario necesario, incluso robándoselo al estado vecino sin el menor remordimiento, como ha padecido, por cierto, España. En este sentido, esta pandemia ha representado un duro golpe para la UE, que ha señalado su incapacidad para dar una respuesta coordinada a un problema que afectaba a todos sus países y que parece que ni siquiera va a auxiliar a las naciones menos ricas a financiarse eficazmente para evitar una recesión económica aún más destructiva que la que ya se adivina. Si la Unión Europea no sirve para responder eficientemente a este reto es que, simplemente, no sirve para nada.
 
Aunque la pandemia, aparentemente, no tiene relación con los puntales ideológicos del establishment político mundial: el multiculturalismo, el feminismo, el homosexualismo, etc., y pese a que, en principio, no vaya a afectar al voto electoral, más allá del lógico desgaste de los partidos gobernantes, ni vaya a condicionar más cambios en nuestra vida que aquellos que nos impongan las leyes o las circunstancias, estando todos deseando regresar a la normalidad, para retomar nuestra vida donde la habíamos dejado, la semilla de la desconfianza en el discurso oficial ya ha sido sembrada y será cuestión de tiempo que dé sus frutos. Y es que los cientos de miles de muertos y la crisis económica que traerá, con el empobrecimiento de millones de personas será un recordatorio constante de que existen los problemas reales, frente a la maquinaria propagandística del sistema que los oculta y sustituye por problemas inventados con sus patochadas de “genero”, sus memorias-manipulaciones históricas y sus agravios imaginados. ¿Quién podrá manifestarse ahora contra el sacrificio de un perro infectado de ébola en aplicación de un animalismo infantil sin sonrojarse? ¿Quién podrá repetir sin avergonzarse que el machismo mata más que el Coronavirus, lema falsario bajo el cual muchas mujeres fueron hacia el contagio y, algunas, hacia la muerte?
 
Una muestra del instinto de supervivencia de las élites y su capacidad de manipulación es el discurso repetido en Estados Unidos, lamentándose de que el Coronavirus se cebe sobre la población “afroamericana” y en menor medida “latina”. Dado que resulta evidente que el virus no afecta más a las personas de raza negra que a las de raza blanca y que no existe ninguna estructura social que obligue a los estadounidenses de color a contagiarse en mayor proporción que los que no lo son, solo queda concluir que el virus resulta más mortífero para los norteamericanos pobres, que no pueden acceder a una atención sanitaria de la máxima calidad, incluido el ingreso en UCIs y el uso de respiradores, que los ricos que sí tienen tal capacidad. Por supuesto, esto a los urbanitas progres de clase alta de Estados Unidos no les preocupa, porque ellos pertenecen al sector de los ricos que sí tendrán acceso al mejor tratamiento, lo único que les molesta es que entre esos ricos haya más blancos que negros y entre los pobres más negros que blancos. Los blancos pobres, que también existen, que mueren por no poderse pagar el uso de un respirador, simplemente no les importan. En el momento en el que consiguieran que los muertos estuvieran repartidos por sexo, raza y orientación sexual de manera proporcional cesaría su preocupación. Que los pobres mueran, vaya, les da igual, solo les preocupa que entre esos pobres haya más representantes de minorías étnicas o sexuales que lo que les corresponderían en proporción a su población.
 
La persecución obsesiva de discriminaciones imaginarias, según los parámetros del marxismo-liberalismo cultural, no podrá ocultar durante mucho más tiempo la discriminación real que sufren los pobres respecto a los ricos, engordada por la proletarización y destrucción de las clases medias en aplicación de las políticas globalistas, y el progresivo desmantelamiento del estado del bienestar, devorado por unas élites económicas que maximizan beneficios deslocalizado empresas, desindustrializando amplias zonas del planeta y utilizando otras como proveedoras infinitas de materias primas y mano de obra barata a través de la inmigración masiva. Lo que la pandemia de Coronavirus viene a recordarnos es que la realidad es tozuda y que siempre termina imponiéndose a la entelequia ideológica. Los problemas imaginarios repetidos por la propaganda no podrán ocultar durante mucho más tiempo los problemas muy reales que subyacen tras las apariencias del paraíso multicultural y feminista del progresismo.